viernes, 28 de noviembre de 2008

Un nuevo libro sobre Franco.


Con una carrera dilatada a sus espaldas, centrada en ambos casos en la España del siglo XX, Jesús Palacios y Stanley G. Payne, historiadores de profesión y bien conocedores de la figura de Francisco Franco, han unido esfuerzos para recoger el testimonio de Carmen Franco, la persona que estuvo más cerca del dictador.

Pregunta.- ¿Cómo lograron que Carmen Franco, que siempre ha guardado un estricto silencio, les ofreciera su testimonio? Respuesta.- Fue fruto del azar y la necesidad. La duquesa de Franco estaba tratando de ponerse en contacto con nosotros, y nosotros estábamos haciendo lo propio. Es verdad que, a lo largo de su vida, Carmen Franco ha mantenido un escrupuloso silencio sobre la vida y obra de su padre, y posiblemente haya sido el deseo y la necesidad de no mantenerlo durante más tiempo lo que la ha llevado a dejar su testimonio.
P.- ¿Por qué volver sobre la figura de Francisco Franco?
R.- El tiempo en el que vivió Franco, extraordinariamente convulso, hizo de él una figura única sobre la que se han publicado miles de volúmenes. Sin embargo, en España sigue siendo objeto de la polémica política y no del debate de las ideas en el seno de la Historia. El grado en que uno sea capaz de tratarle con objetividad y hasta de criticarle indicará la capacidad que existe para poder desarrollar la Historia con seriedad.
P.- ¿Cómo creen que cambiará o ampliará la idea que se tiene de Franco el testimonio de su hija? R.- Bastante. Franco escribió mucho, pero no dejó documentos personales ni memorias. Su viuda, Carmen Polo, tampoco dejó testimonio alguno ni escritos relevantes. Y los miembros de su familia (salvo algunos casos) tampoco habían hablado o escrito hasta ahora al respecto. De ahí que el testimonio de su hija sea a todas luces un documento clave y excepcional.
P.- ¿Recibieron buena cooperación por parte de Carmen Franco?
R.- Se mostró en todo momento dialogante y abierta. No cuestionó ni hizo reservas a ninguna de las preguntas que le planteamos y contestó de forma directa y sencilla sobre asuntos delicados, como la dictadura, la represión o las penas capitales.
P.- ¿Cuál es su valoración entonces del resultado final?
R.- Nos parece que es una obra única, a la luz de sus nuevos datos originales y también ante la forma de presentar la biografía de Franco. [El libro se divide en dos partes, una primera con el testimonio de Carmen Franco y la segunda, con una semblanza del dictador].
P.- ¿Ha desvelado Carmen Franco aspectos de la vida de su padre que no se conocían?
R.- En su testimonio hay cosas conocidas, desde luego, pero muchos otros hechos no lo eran tanto o son muy desconocidos, como el pasaje de que Franco dejó un triunvirato cuando acudió a entrevistarse con Hitler en Hendaya ante el riesgo de que pudiera ser secuestrado.
P.- ¿Qué aceptación piensan que tendrá el libro, en un momento en el que la sociedad parece polarizarse una vez más en todo lo que se refiere a la Guerra Civil y el franquismo?
R.- Desde luego, no pasará inadvertido. Si la sociedad todavía no está polarizada, sí va camino de polarizarse. Y ello será debido a la política activa de revanchismo que la actual izquierda viene ejerciendo desde hace algunos años desde el poder. Esto sólo es explicable porque la izquierda de la generación posterior a la que hizo suya la Transición ha roto con aquel periodo para enlazar con ciertas estrategias del socialismo revolucionario de la primavera del 36. Y de ahí la fragmentación por leyes de memorias históricas con sus aberrantes derivaciones de iniciativas judiciales. Es cierto que la izquierda, por mucho que lo intente, no podrá cambiar el hecho de que fue derrotada en la Guerra Civil. Pero esta izquierda gramsciana, instalada en el revisionismo y la propaganda, quiere llevar a la sociedad española al espíritu de la Guerra Civil, para ganarla ahora a su modo. Sin embargo, este libro presenta un testimonio único y la primera y más detallada semblanza de Franco de un carácter ecuánime y objetivo.
Stanley G. Payne y Jesús Palacios recogen después de 20 horas de conversaciones con Carmen Franco, que no hizo correcciones al texto final, lo que no se sabía de su padre.
Ningún personaje histórico ha merecido tantas biografías como él en España. Se le ha retratado como tirano, déspota y dictador sin escrúpulos. También como guía de los destinos de España, Caudillo, Generalísimo por la gracia de Dios o general golpista.
Hablamos de Francisco Franco Bahamonde, el hombre que más poder ha acumulado en su persona en la historia reciente de nuestro país.
Nadie concentró en sólo dos manos tanta capacidad de decisión. Desde que en 1975 falleciera tras 36 años de dictadura, numerosos estudios, perfiles monográficos y manuales han glosado su figura. Sin embargo, ninguna semblanza de las aparecidas desde entonces aborda el perfil más íntimo y personal del dictador, la presentación del otro Franco, el de las distancias cortas, el locuaz, el amable, el simpático, el introvertido y hasta el huraño y calculador.
El recuerdo paterno.
Para paliar esta laguna, dos historiadores, Stanley Payne y Jesús Palacios, contactaron hace algunos meses con la única persona que podía ofrecer, mejor que ninguna otra, ese testimonio tan íntimo: la hija del Caudillo, Carmen Franco Polo. Entendieron que sólo el recuerdo vivo de quien mejor trató al dictador podría ayudar a otorgarle otro enfoque al estudio.
«Franco, mi padre» (La Esfera de los Libros) es un retrato del hombre que más adjetivos recibió en vida para ensalzarle y tras su muerte para definirle. «Pero yo me quedo con el Franco personal, no el militar, ni el político, sino el Franco padre», reclama su hija, ahora duquesa del mismo nombre. ¿Y cómo era Francisco Franco en la intimidad, dentro del Palacio del Pardo, en su despacho, en el salón de invitados, en sus momentos de soledad, con la familia…?
Quizá sea importante detallar el momento en el que transforma su personalidad abierta y dicharachera por la de un individuo cerrado, introvertido y enigmático: «Fue a partir de 1936. Sin duda, la Guerra Civil le cambió.
Antes de la contienda era un tipo amable, que bromeaba, que le gustaba ir al cine y al teatro. Luego siempre decía que esas cosas las hacía porque era una persona normal. Pero cuando finalizó el conflicto todo cambió», relata la única hija del general. En efecto, según pudieron constatar Payne y Palacios, de boca de su hija, tras la victoria en la guerra, Franco se creyó «un enviado de Dios, un mito del que dependían los destinos de España. Y empezó a recelar de todo y de todos».
Carmen Franco prosigue el relato: «Antes debatía en casa los temas de forma moderada: cómo le caían ciertos políticos, su análisis de España y el mundo, su cercanía a algunos militares, su distancia con otros.... Luego se transformó en un radical y hablaba con cariño de muy poca gente», sentencia.
Sorprende la sinceridad de quién mejor conoció al Caudillo, un personaje histórico con tantas biografías a sus espaldas como opiniones. Tras treinta años de silencio, la duquesa de Franco ataja «que no va a aportar sombras a la trayectoria vital de mi padre. Eso hay que entenderlo. Y sobre sus luces, pues tuvo muchas; él se jactaba, y con razón, de haber creado la protección por desempleo, la Seguridad Social y una clase media que es el antecedente de la que tenemos hoy». Sin embargo, como casi todos los dictadores, y a pesar de lo que él consideraba hitos en su mandato, Franco vivió bajo la perpetua preocupación a ser víctima de un asesinato: «No es que estuviera obsesionado con el atentado, pero sí le preocupaba. Decía que había muchos que estaban deseando liquidarle».
De pronto, recuerda un detalle que ha pasado inadvertido para la mayoría de los historiadores y que recoge el libro: la posibilidad de que Hitler lo secuestrara tras la famosa reunión de Hendaya: «Aquello lo vivimos en casa como algo preocupante. Íbamos a misa a pedir que no ocurriera nada. Mi padre temía que aquel dictador tan cruel pudiera secuestrarle y así lo dejó escrito en algunas cartas. Ceía que le podía suceder lo que a Carlos IV cuando fue a ver a Napoleón», relata. Su testimonio intenta ofrecer el lado menos conocido de Franco sin caer en la tentación de presentar al Franco más oscuro. Aunque hubo periodos de su vida en la que su progenitor no sale muy bien parado. Cuando habla de su infancia, Carmen Franco la recuerda «marcada por la existencia de un padre que no se ocupó mucho de mí. Estaba en asuntos más importantes, decía: como reconstruir el país, su lucha contra el comunismo, mantener el orden dentro del régimen.... Él confiaba mucho en mi madre para delegar en ella mi formación y educación, quizá porque era mujer. Pero lo cierto es que apenas conocí el lado divertido de mi padre, ya que nunca jugaba conmigo. De vez en cuando me contaba historias, pero nada más. Cada año se volvía más introvertido». Ofrece una explicación a ese lado reservado y opaco del general, sabedora de que ha servido para ridiculizar la figura de su progenitor: «Era un acomplejado, eso es verdad. Lo pasó muy mal desde su paso por la Academia Militar de Toledo por su estatura física. Además su voz aguda y poco imponente tampoco le ayudaba».
Declive físico.
La memoria de Carmen se agiganta a medida que se va acercando los últimos días del dictador: «Nos dimos cuenta de su declive físico poco a poco. Tardaba mucho en contestar, cuando contestaba, y no oía bien. Su rostro era pétreo y los silencios eran comunes en una conversación. Apenas hablaba de esto con mi madre y conmigo». Sus últimos años en el Palacio del Pardo los recorría en voz baja, paseando, agigantando esos silencios enigmáticos que confundían a todos los que le rodeaban: «A partir de los 60 su radicalidad descendió, cierto. Flexibilizaba todo mucho y nos decía que no había que emitir una opinión a la ligera de nadie. Él decía que era discreción pero yo lo veía más reservado que nunca, como si tuviera miedo de algo». Muy atrás quedaba ya el Franco con aficiones, aquel padre al que «le encantaba el cine y el teatro», con ilusiones, «y quien, aunque era militar, también hizo sus pinitos en la pintura».
Y es entonces cuando regresa de nuevo al hecho que marcó un antes y un después en nuestro país: «Él odiaba la guerra. Si hubiera sabido el coste de la misma no se hubiera embarcado en ella. Pero de lo único que estoy segura es de que aquello le marcó, le cambió. Por eso, cuando le recordaba qué pasó para que abandonara todas aquellas disciplinas artísticas con las que disfrutaba, respondía: “Eso fue cuando yo era persona”. Y eso me hizo pensar. Ahí comprendí que se creía de verdad un mito elevado a categoría divina, un enviado de Dios». Ojo por ojoHabía muchos aspectos de la personalidad de su padre que sí le llamaban la atención: «Creía mucho en la Ley del Talión. El ojo por ojo.... sobre todo, con los crímenes de sangre. Para eso no tenía piedad ni había forma de convencerle», confiesa. Por eso no temía que se le tachara de dictador con acciones como esas, porque era algo «que él tenía asumido desde el principio. Sabía que las dictaduras eran aceptadas en muchos países como algo imprescindible para mantener un cierto orden y que no estaban mal vistas. Con ese sentimiento organizó su vida y la del país».Ya en los estertores del régimen, cuando empezó a darse cuenta de que el final estaba cerca, a Carmen Franco le sorprendió la forma en la que quiso seguir en el poder:»Apenas veía, pero sobre todo ya no escuchaba». Sólo con la última hemorragia, meses antes de morir, Franco daba por perdida la batalla. «Ahí se dio cuenta de que volvía a ser persona. Cuando entré en la habitación, antes de su última recaida grave, me exclamó casi sin aliento: “Dios mío, cuánto cuesta morirse”». Treinta años después, Carmen Franco aún reconoce la voz de aquel hombre moribundo, eso sí, con un recuerdo diferente, porque, con sus luces y sus sombras, «siempre será mi padre».

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