lunes, 30 de junio de 2008

El fascismo de las lenguas


"En teoría, España tiene el mismo número de votos que Polonia en la Unión Europea y, si Turquía ingresase en el club, ésta exigiría tener doble de peso que nuestro país. «Pero España siempre va a dar por entendido que su influencia es mucho mayor que la de Polonia o Turquía», me insistía un diplomático en Bruselas. ¿Por qué? «Por la lengua. Si estamos obligados a sacar pecho, es por nuestra lengua». Algo parecido debió de pensar Mitterand cuando afirmó que, si la UE desaparecía, sólo sobrevivirían España y el Reino Unido. La nación francesa no podría sobrevivir en un mundo globalizado... porque su lengua no tiene el poder del español.
Nuestra lengua vale por miles de ministerios. Es el instrumento más eficaz de política e influencia exterior. Y es, además, una de nuestras principales fuentes de recursos. Arabia Saudí tiene petróleo. España tiene su lengua. Si perdiera salud el castellano, la merma no sólo sería espiritual, sino material. Seríamos más pobres e inanes, estaríamos más aislados, más limitados para hacer negocio en el mundo. Y haríamos más pobres, más limitados y aislados a Iberoamérica y al mundo hispanohablante.
Por eso no se entiende que nuestro petróleo hispano sea tratado con tanto desprecio en la propia España. El odio, la agresión o el miedo a una lengua -a cualquiera- es propio de sistemas totalitarios. Hubo un tiempo en el que se predicaba el odio totalitario al catalán y el euskera. Pero nadie se engañaba sobre la naturaleza de aquel régimen. Ahora se siembra el rencor contra el castellano y, encima, se hace desde una conciencia de bien pensante progresismo debidamente combinado con el lamento de quien se siente víctima de una conjura de siglos. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Esa mala leche lingüística que tanto prolifera es un peligroso venero del totalitarismo. No imagino a Verdaguer ni a Maragall (Joan, el poeta) alentando -por mala leche- que en Cataluña se hable antes inglés que castellano. Su lengua no era un arma para dividir, sino para buscar belleza y entendimiento. Igual lo que se necesita es un buen estudio de textos de Verdaguer, Maragall o Espriú".
Alberto Sotillo. Abc

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