sábado, 21 de junio de 2008

¡Charnegos fuera!


¿Se imaginan que en Gran Canaria, en la zona turística, cerraran una emisora por no usar el español?.

¿Se imaginan que en España se cerrase una cadena de televisión porque emitiese las 24 horas en ruso?.


La Generalitat cierra una emisora extremeña por no usar el catalán.- ABC
MÉRIDA/BARCELONA. El presidente de la Asamblea de Extremadura, Juan Ramón Ferreira, ha enviado sendas cartas a los presidentes del Parlamento de Cataluña y de la Generalitat, Ernest Benach y José Montilla, respectivamente, en la que manifiesta su preocupación por el cierre de Radio Unión de Cataluña. Esta emisora, que emitía en castellano desde hace más de 20 años desde Barcelona, dejó de emitir el pasado 8 de junio después de que la Generalitat le denegara la licencia por «no atenerse a los criterios de fomento del habla catalana».
El presidente del Parlamento extremeño considera en la carta que Radio Unión «cumple objetivos sociales y culturales y preserva la identidad de los extremeños en Cataluña, a la que cientos de miles de ellos fueron a trabajar y que tanto han contribuido a su desarrollo económico».
De la Vega apoya la inmersión
Por otro lado, la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, aseguró ayer que ve «bastante razonable» que en dos años los profesores universitarios de Cataluña deban tener el nivel C de catalán. Por contra, la Universidad Autónoma de Barcelona rechaza esa exigencia porque obstaculiza la incorporación de talentos.

Los jíbaros catalanes.- M. MARTÍN FERRAND
EL catalán es un bello idioma que los catalanistas tratan de convertir en jerigonza, en un lenguaje gremial y separador que marque las distancias suficientes para poder mantener a salvo sus privilegios y bicocas. Saber Microbiología, por ejemplo, no debe de ser cosa sencilla. Ser el que más sepa sobre tan concreta especialidad entre los seis o siete mil millones de habitantes que hoy somos en el mundo es una quimera. Serlo entre los más de cuatrocientos millones de hispanohablantes, aunque más asequible, continúa marcando un alto grado de dificultad; pero, si se limita la muestra a los seis o siete millones que se expresan en catalán bastará, supongo, con saber algo sobre la especiali-dad para entrar en el cuadro de «los mejores». La esencia de los nacionalismos, su naturaleza más profunda, es esa: acotar un territorio con cualquier instrumento eficaz, como hacen los perros con sus micciones, para ser en él amos indiscutibles.
En esa insensata carrera de miniaturización que ha emprendido Cataluña se pretende ahora que, salvo excepciones específicas y concretamente autorizadas por los rectores de las Universidades, todos los docentes de la enseñanza superior deben desarrollar su labor en catalán. Puede garantizarse sin riesgo de error que, dentro de un par de generaciones, el nivel científico y técnico, incluso el humanístico, del área que hoy cubre el Consell Universitari Catalá se habrá empequeñecido tanto como la cabeza de un misionero audaz en el territorio de los indios jíbaros de hace un par de siglos.
Como siempre que se crea una barrera difícil de franquear, conviene tener presente que resulta inexorable su dificultad; lo mismo para atravesarla de aquí para allá que de allí para acá. Cataluña, encantada de cocerse en su propio jugo, no «padecerá» invasiones del conocimiento de quienes no hablan catalán; pero, ¿podrán los catalanes, en virtud de su propia y exigida limitación idiomática, atrave-sar la muralla de dentro a fuera?. Para que no quepan dudas sobre el particular, el Govern anuncia que moverá cuanto sea preciso para no aplicar el poco exigente decreto del Ministerio de Educación que pretende, desde el próximo curso, que se amplíen a tres las horas semanales de castellano en las Autonomías que, por la fuerza de los hechos, han olvidado el bilingüismo constitucional.
Quienes tuvimos el privilegio de vivir en Cataluña en el final de los sesenta, y/o el principio de los setenta, conocimos una tierra cosmopolita, abierta, esponjosa, europea, culturalmente atractiva y socialmente cálida. El catalanismo, llevado a los excesos que temía Josep Tarradellas, impulsó Jordi Pujol y han hecho suyos los nuevos caciques del lugar, ha revertido el fenómeno y Cataluña se nos apaleta y disminuye. Era una tierra de domadores de elefantes y van camino de convertirse en domadores de pulgas. Qué pena.

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