sábado, 15 de marzo de 2008

Mi memoria histórica


LUIS PERAL GUERRA
EN el mes de mayo de 1977 - en la campaña electoral de las primeras elecciones democráticas tras la Transición- acompañé a mi tío, y candidato a senador, Juan Carlos Guerra Zunzunegui, a un acto electoral en Villarramiel, localidad de Palencia de la que es originaria una parte de mi familia. Tras el mitin, acudimos al pequeño cementerio donde está enterrado mi abuelo, Juan Bautista Guerra García, al que hoy acompaña mi tía Rosa María, que también estuvo presente aquel día, hace 31 años. Era aquella una espléndida mañana de primavera, con un cielo limpio, azul. En el pequeño cementerio sólo se oía el canto de los pájaros en los altos cipreses que daban sombra a la tumba de mi abuelo y de sus padres.
Mi abuelo murió el 15 de octubre de 1936. Fue una más de las víctimas del enfrentamiento entre españoles que arrasó España en aquellos años terribles. Mi abuelo era entonces diputado al Congreso por Palencia (por la CEDA) y secretario de la Junta del Colegio de Abogados de Madrid. Había sido detenido en los primeros días de la Guerra Civil, en Guecho (Vizcaya), cuando salía de misa acompañado de su hija mayor, que quedó sola en la calle. Tras pasar un tiempo en un barco-prisión en la ría de Bilbao y en la cárcel de Santander fue asesinado, con otras 41 personas (entre ellos ocho religiosos) en el Monte Saja (Cantabria) y enterrado en una cuneta, de donde tiempo después fueron rescatados sus restos. Mi abuela María Luisa quedó viuda con 29 años y cinco hijos pequeños.
Mi abuela -que fue una persona de una profunda religiosidad- nunca educó a sus hijos en el odio o en el resentimiento, a pesar de que la falta de un padre marcó la infancia de mi madre y de sus hermanos. Mi abuela nunca quiso saber quién había matado a mi abuelo, ni siquiera cuando tuvo noticia de que habían sido detenidos los responsables del crimen. Mi abuela quiso que, primero sus hijos y luego sus nietos, mirasen al futuro y sólo recordasen los horrores del pasado para intentar contribuir, en la medida de sus posibilidades, a que nunca se repitiese el enfrentamiento de los españoles en otra guerra civil.
Muchísimas familias, en los dos bandos, pueden contar una historia similar de vidas destrozadas, superación del pasado y búsqueda de la reconciliación entre los españoles. Esta voluntad colectiva, muy mayoritaria, fue la que hizo posible la Transición, ese momento ejemplar de nuestra Historia en el que españoles de muy distintas ideologías quisieron expresamente superar sus diferencias y agravios históricos para dar a nuestra Patria un nuevo futuro. Una Transición que dio lugar a la Constitución de 1978, la Constitución de la Concordia, que el pueblo español aprobó, por una inmensa mayoría, en referéndum y que ha dado a España 29 años de progreso económico, movilidad social, solidaridad con los más desfavorecidos y creciente prestigio internacional.
En 1977 los españoles acordaron excluir el pasado como arma política, buscar lo mucho que nos une y no permitir jamás que las diferencias ideológicas nos lleven a la exclusión del adversario. Desde 1977 han sido muchas las leyes que, en ese espíritu de reconciliación y justicia, han reconocido derechos y efectuado reparaciones a quienes fueron perjudicados, expoliados y discriminados por sus ideas políticas en los años que siguieron a la Guerra Civil.
Y ahora -más de setenta años después del inicio de la Guerra Civil, que algunos piensan que empezó en Octubre de 1934 con la revolución de Asturias y la proclamación del Estado catalán- un Presidente del Gobierno inspirado por un resentimiento histórico y por un mesianismo radical inconcebibles en el siglo XXI ha puesto en marcha un proceso de revisión de la Memoria Histórica que amenaza dividir de nuevo a los españoles, con una visión sesgada y partidista de aquellos trágicos años que condujeron a la Guerra Civil y al régimen autoritario que la siguió. Las naciones deben asumir su historia, con sus glorias y con sus fracasos y de nada sirve al futuro reescribir el pasado, pretensión especialmente dañina en un país como España donde las leyes educativas socialistas han deteriorado, hasta extremos inconcebibles, los conocimientos históricos de nuestros jóvenes.
Aquella mañana de mayo de 1977, ante la tumba de mi abuelo, sentí que todos los españoles -y yo también- teníamos el deber moral de hacer cuanto estuviera en nuestras manos por evitar volver a enfrentarnos y que la muerte, el odio y la humillación arruinasen la vida de tantas familias.
A esa obligación moral apeló el Presidente de la República don Manuel Azaña cuando, el 18 de Julio de 1938, encomendó a las generaciones futuras que, si alguna vez se sintiesen dominados por el odio y por la intolerancia, recuerden a los muertos de nuestra Guerra Civil y escuchen su lección, «a esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la Patria eterna que dice a todos sus hijos : Paz, Piedad y Perdón».
Aquel compromiso moral que adquirí en mayo de 1977 sigue vigente para mí y quiero transmitirlo a mis hijos. Esa es mi memoria histórica.
(Publicado en ABC, 15 de marzo de 2008)

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