domingo, 18 de enero de 2009

Aquí no pasa nada...


Pizarro tenía razón.

JOSÉ MARÍA CARRASCAL.- Domingo, 18-01-09
¿SE imaginan ustedes la que se hubiera armado de haber sido un dirigente del PP quien hubiera salido con las últimas predicciones de Solbes? Lo menos que le hubiesen llamado sería derrotista, agorero, antipatriota, «ya que el pesimismo no crea empleo». Pero resulta que quien las hizo fue, nada más y nada menos, que el ministro de Economía, el mismo que en el debate con Manuel Pizarro tachó a éste de alarmista por decir algo parecido. ¡Y luego nos reímos de Magdalena Álvarez! Al menos ella es siempre la misma, mientras Solbes dice hoy lo contrario que hace un año. El Solbes arrogante, displicente, prepotente de entonces se ha convertido en el hombre apocado, encogido, balbuceante de nuestros días. No por humildad, virtud que desconoce el equipo de gobierno, sino porque no tiene otro lugar donde esconderse. Falsa humildad, por tanto, último refugio de los cuentistas, engañabobos y troleros. Y digo falsa porque de ser verdadera, lo primero que hubiera hecho Solbes, y no ha hecho, sería pedir disculpas a Pizarro, que fue quien acertó en aquel debate, y al pueblo español, por habernos presentado unos presupuestos más falsos que las cuentas, no ya del Gran Capitán, sino de Madoff, el financiero neoyorquino que estafó 50.000 millones de dólares: mentiras, disimulos, camuflajes, hasta que la realidad se las ha llevado por delante. Y, encima, esos falsos presupuestos nos han costado un ojo de la cara para comprar los votos de los nacionalistas vascos y gallegos.
Siento curiosidad por saber si el presidente, su gobierno y su entorno mediático seguirán con su optimismo «antropológico» o se pasarán en bloque al pesimismo de la oposición. No me extrañaría. Lo han hecho con la negociación con ETA, que ahora persiguen, y pueden volver a hacerlo con la economía. Recordarán que hace un año, Zapatero nos aseguraba que no había crisis, y que si la había, teníamos reservas, instituciones financieras y capacidad sobrada para que no nos afectase. ¿Sigue pensando lo mismo? ¿Sigue creyendo que la recuperación vendrá en el otoño, como nos decía hace poco, o se une a su ministro, que la deja para el año que viene? ¿Y qué van a decir ambos si el año que viene no llega, como predice la mayoría de los expertos? ¿Volverán a autocorregirse? ¡Qué más da! A estas alturas, lo único real de Zapatero son las cejas, y de Solbes, la ronquera. El resto es funambulismo, farsa, enredo, superchería, en lo que, eso sí, son maestros. Pero como a los falsos magos a los que se les han acabado los trucos, lo único que les queda es ponerse al frente de la manifestación, con gesto compungido, para proclamar lo contrario de lo que venían proclamando.
De ahí que lo que digan ellos ya importe poco, podemos suponerlo. Lo que importa es si los españoles seguiremos considerando a nuestro presidente el mejor de nuestros políticos. Pues en ese caso, o somos masoquistas o el resto de nuestros políticos son rematadamente malos. Elijan ustedes mismos.


Solbes en el lado oscuro:
IGNACIO CAMACHO
AHORA tendría que dimitir, como Ramón Calderón. Y por los mismos motivos: por embustero o por incompetente, por mentir o por no enterarse, por tramposo o por ingenuo, por sus propias culpas o por asumir las ajenas. Después del desolador panorama que pintó el viernes, tras un año y medio de enconadas negativas de la evidencia -¿hace falta recordar su debate preelectoral con Pizarro, sus engoladas proclamas de que la crisis hipotecaria americana no afectaría a España?-, a Solbes sólo le queda la salida de la renuncia. Porque si no vio venir la catástrofe no merece seguir al frente de la economía española, y si la ocultó, aunque fuese por mandato de su jefe, tampoco puede permanecer en el Gobierno.
Quizá este abrupto reconocimiento de un horizonte pavoroso de recesión, déficit y paro sea el triste testamento del vicepresidente antes de retirarse o ser desplazado de un cargo cuya renovación no debió aceptar. Pudo haberse ido con decoro antes de que se hiciera patente el descalabro, cerrando su currículum con una legislatura próspera, y ahora aunque se vaya dejará una hoja de servicios capicúa, abrochada con el mismo horizonte de devastación social que dejó en el último mandato gonzalista. Con una tasa de desocupación creciente y un déficit casi similar al de entonces, pues no es difícil imaginar que ese 5,8 por 100 que admite para 2009 -el doble del máximo autorizado por el mortecino plan de estabilidad de la UE- acabará disparándose hasta cerca de un 7 si la destrucción de empleo supera las ya demoledoras previsiones finalmente reconocidas.
Probablemente Solbes lo sabía, o lo intuía, porque tiene el conocimiento suficiente para no despreciar los pronósticos unánimes y reiterados que vaticinaban lo que inevitablemente ha ocurrido. Calló acaso por un equívoco sentido de la lealtad política o por una pereza acomodaticia. Se plegó al optimismo trivial y forzoso del presidente, y aceptó a regañadientes la irresponsabilidad de sus designios dispendiosos: aquellos cuatrocientos euros de regalía inútil que devoraron el superávit, o este reciente maná autonómico de imposible cuadratura. Resignó su criterio y su función a los de un simple contable que se limita a advertir en privado los riesgos de operaciones temerarias, y ha acabado por apechar con el papel de cenizo obligado a dar cuenta a la nación de la tardía perspectiva de sangre, sudor y lágrimas que jamás asumirá en persona Zapatero.
Por eso ya no le queda más salida que marcharse. Este Solbes finalmente instalado en el lado oscuro ha proclamado una realidad mucho más cruda que aquella por la que otros fueron desaprensivamente tachados de antipatriotas. Que todos fuésemos conscientes del engaño no invalida la voluntad del fraude. Y aunque se sepa de quién es la responsabilidad de la voluntaria ceguera o del embuste masivo, los tragaculpas que han avalado su estrategia ya no pueden quedarse al margen. En su doble etapa de Gobierno, el vicepresidente económico pasará a la historia como el tipo al que se le hundió dos veces el país. He aquí un hombre para confiarle los ahorros.

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