lunes, 12 de enero de 2009

Lo que Zapatero sabía de la crisis de 2.008



Casimiro García-Abadillo escribe en El Mundo.

El paro. Una lacra, un drama, un desastre, una bomba de relojería...Se agotan los adjetivos, los sinónimos, las imágenes. Cuando utilizamos para la foto de la portada de EL MUNDO del pasado 9 de enero a parados con nombres y apellidos para destacar la cifra de desocupados que estaban apuntados al Inem al 31 de diciembre de 2008 (¡3.128.963!) lo hicimos porque, a veces, las cifras, que se utilizan constante, abusivamente, son el mejor anestesiante para ocultar una realidad. Tres millones, tres millones y medio, cuatro millones...No. La diferencia con otros números es que el paro tiene carné de identidad. Hay personas que se ven abocadas a levantarse cada día sin tener nada que hacer, forzadas a renunciar a su cualificación, a su categoría profesional, a aceptar cualquier cosa con tal de estar ocupados. Hay familias que ya no podrán pagar su hipoteca o que tendrán que cambiar a sus hijos de colegio. Hay un mundo que se derrumba y unas perspectivas sombrías que se agrandan con la angustia del final del subsidio.
Entiendo perfectamente que Zapatero tema más que a cualquier otra cosa los datos del paro. Independientemente de que el PP parezca incapaz de aprovechar la situación para acortar distancias con el PSOE, el Gobierno no puede sentirse satisfecho cuando ve que el resultado de su gestión se mide en número de desocupados.
Es verdad que hay una crisis mundial, que ese mal de muchos ayuda a diluir la responsabilidad. Pero también lo es que España es el país en el que el desempleo ha aumentado más, significativamente más, de la zona euro, más que cualquiera de nuestros socios homologables.Mucho más que en Reino Unido, que en Francia o incluso que en Italia. Y no digamos Alemania, donde incluso se ha reducido durante 2008.
Y es que los gobiernos sí pueden hacer algo contra el paro. No pueden hacer milagros. Eso no. No pueden convertir el agua en vino. Pero pueden, deben, están obligados a paliar las situaciones difíciles, sobre todo aquéllas que llevan a los ciudadanos a sentirse inútiles, desesperados, desamparados.
Recordábamos también en esa portada del día 9 de enero una frase del presidente del Gobierno de hacía justo un año: «Hemos derrotado la lacra del paro», pronunciada ya en plena precampaña electoral.Una pugna política que se centró en la economía, claro. Y en la que, a los que pronunciaban la palabra crisis, los líderes del PSOE les llamaron «antipatriotas».
Zapatero ganó sobre la base de que no estábamos en una crisis.La previsión de crecimiento, hace un año -recordémoslo- era del 3,1%. Parece mentira, ¿verdad?
Ahora, como no podía ser de otra forma, se ha rectificado. El Gobierno, Zapatero, Solbes, etcétera... dicen que nadie podía prever lo que sucedió durante 2008. Nadie podía pensar que un banco como Lehman Brothers se derrumbaría, y con él toda la banca de inversión de Wall Street.
La pregunta del millón es si Zapatero se equivocó entonces porque los datos que le pusieron sobre la mesa sus asesores estaban tan equivocados que le nublaron la vista o si el presidente ocultó la verdad, manipuló la realidad para que los ciudadanos siguieran confiados en un crecimiento alto, estable y duradero, en que las cifras de desempleo, que empezaban ya a apuntar penalidades futuras, no eran más que un contratiempo pasajero.
Acusar a alguien -más cuando se trata del presidente de un Gobierno- de mentir es duro. Pero me temo que Zapatero engañó y tal vez se engañó a sí mismo durante algunos meses al hacer su diagnóstico sobre la coyuntura económica española.
Ya en febrero de 2008, el Boletín Económico del Banco de España advirtió de que los últimos datos apuntaban a una «desaceleración más pronunciada» de lo previsto.
Organismos internacionales como el FMI o la OCDE también habían encendido la luz de alarma sobre España y pronosticaban un crecimiento menor que el contemplado por los Presupuestos Generales del Estado.
Inasequible al desaliento, Zapatero no varió ni un ápice sus previsiones. Es más, en el primer Comité Federal del PSOE que se celebró tras las elecciones generales (el 26 de marzo de 2008), Zapatero se permitió el lujo de afirmar que «la peor previsión de paro que podemos tener por delante será siempre una previsión de paro mejor que la que tuvo el PP en su última legislatura».
¿Es que nadie de su entorno le informó de qué estaba ocurriendo?
Sí. Justo dos días antes de esa inaudita declaración, la AEB, que ya verbalmente había transmitido al Gobierno su enorme preocupación por las perspectivas a corto plazo, entregó al Ministerio de Economía y al Banco de España una nota cuya información, vista ahora, tiene un valor inestimable. El contenido de dicha nota fue remitido a Moncloa.
En dicha nota se le decía al Gobierno que el exceso del mercado inmobiliario se elevaba hasta las 800.000 viviendas. Y se avisaba de una pérdida de empleo en ese sector de 260.000 personas.
Es más, se constataba que la economía española podía entrar durante ese ejercicio en recesión.
Y se le daban datos espeluznantes como, por ejemplo, que la banca española iba a tener unas necesidades de financiación de 350.000 millones de euros, a los que había que añadir unos vencimientos de deuda durante el 2008 de 210.000 millones de euros.
Aunque la AEB dejaba claro que la situación de la Banca española era de plena solvencia, se le hacía saber al Gobierno que la pérdida de confianza de los mercados internacionales en la economía española (que había provocado ya un ensanchamiento del diferencial con la deuda alemana de 40 puntos básicos) y la falta de liquidez de los mercados podían llevar en 2008 a un credit crunch.
Esa nota, que llegó a Moncloa y que pedía ya en marzo que se tomaran medidas para paliar la situación, no se tomó en cuenta.El presidente no le prestó atención, como tampoco su ministro de Economía.
No. No es que el PP hiciera de agorero para aprovechar electoralmente la crisis. No es que no hubiera nadie con la capacidad para vaticinar lo que estaba a punto de suceder. Es que, sencillamente, al Gobierno, a Zapatero, no le interesó escuchar esos mensajes.
Y ahora, ahí están las consecuencias. Terribles, no en forma de guarismos, sino en forma de rostros, de personas que ya no tienen empleo, y lo que es aún peor, de gente que ya ha perdido hasta la esperanza de volverlo a encontrar.
casimiro.g.abadillo@elmundo.esadillo, escribe en El Mundo:

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