jueves, 5 de febrero de 2009

Mano (hipócrita) que pixela


Carmen Rigalt.

SI ES CIERTO, como reza la máxima, que «una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad», también puede ser cierto lo contrario: «una verdad no repetida equivale a una mentira».
Ayer, en todos los informativos se aireó un informe del Defensor del Pueblo denunciando la existencia de abusos y malos tratos en los centros de menores. Como ejemplo se señaló un centro (co-gestionado por la Comunidad de Madrid y una fundación privada) donde hace menos de un año se suicidó un chaval. Si el informe tiene fundamento (y supongo que lo tiene, pues la oficina del Defensor del Pueblo maneja datos, no guiones de películas), los centros de menores son versiones edulcoradas de Abu Ghraib: se tortura a los chicos, se les aisla, se les desnuda y, si continúan dando guerra, se les dopa convenientemente. Teniendo en cuenta que esos centros acogen a menores inadaptados y con trastornos de conducta (bipolares, que se dice ahora), semejantes métodos no parecen los más terapeúticos.
Hasta aquí, la verdad del informe, o la mentira convertida en verdad, como prefieran. Las investigaciones dirán ahora qué hay de real en todo eso. Prometo escribir un artículo si la sombra de sospecha que acabo de deslizar se vuelve contra mí, pero desde hace tiempo vivo en un continuo mosqueo.
El universo de los menores no es independiente del nuestro. Somos vasos comunicantes y todo lo que hacemos o decimos se refleja en ellos: desde la violencia machista a la demagogia barata.Por ejemplaridad que no quede. Nada de lo que hacen los jóvenes está vacío de influencias: rociar con gasolina a un indigente para prenderle fuego y disfrutar así viendo cómo crepita entre las llamas; emular a Peckimpack grabando palizas por móvil; bajarle los pantalones al profesor mientras escribe en la pizarra; violaciones, chantajes, competiciones de motoristas suicidas, descuartizamiento de animales y lindezas por el estilo. Eso sí: la ley les ampara y no podemos tocarles un pelo.
Me pregunto si la Ley del menor está satisfecha con semejante panorama. Para mí que o sobra menor, o falta ley. Maldigo el momento en que los legisladores lavaron su conciencia mandando pixelar los ojos de los niños, como si preservar su mirada significara preservar su pureza. Para los padres de ahora, los niños siempre tienen razón, por la misma regla de tres que para los padres de antes no la tenían nunca. Hay que quitarse el píxel de los ojos y afrontar la educación con los ojos limpios. Sin hipocresía.

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