martes, 11 de octubre de 2011

España entra en crisis, (Agosto 2055). José Antonio Zarzalejos

Ya nos advirtió Ortega en su siempre actual «España invertebrada» que la ausencia de los mejores en la dirección de la sociedad la conduce a épocas de decadencia y trastorno.


Ha comenzado en España, de la mano de un Gobierno reactivo y de una intelectualidad sectaria, un episodio crítico verdaderamente grave porque los problemas colectivos crecen en una progresión geométrica y las soluciones compartidas no se atisban y las que se perfilaban como buenas han sido desarregladas.


Estamos, por lo tanto, entrando en una crisis, entendiendo el término en su acepción de situación «difícil y comprometida», aunque también valdría la significación que asigna a ese concepto lade «mutación importante», y negativa, en algunos procesos.
En este caso, en el proceso de desarrollo nacional.
Para los que hemos ganado alguna distancia en la observación de los acontecimientos, el estallido de la crisis nacional en este horrendo mes de agosto no es novedad sino previsión que se cumple con puntualidad. Escribí en esta misma página el seis de junio pasado que la actual legislatura había «tocado fondo» y de tal forma lo había hecho que ni el «optimismo antropológico» de nuestro impostado presidente sería suficiente para eludir esa percepción terminal. Como bien titulaba el editorial de este periódico el pasado miércoles ha llegado el «fin del espejismo».

Todo esto ocurre porque en política actuar contra otros y no a favor de las propias convicciones dirige irremediablemente al error. Más aún cuando la gobernación se encara con soberbia y altanería, creyendo -como le ocurre al socialismo de Rodríguez Zapatero- que aquello que otros consiguieron o que no lograron, puede ser destruido o alcanzado por él y sus seguidores sin más costes que los de pronunciar patéticos discursos de falso diálogo que sólo se practica con unos compañeros de viaje que lo único que pretenden es romper el suelo en el que el propio presidente asienta sus reales.
La destrucción política practicada por el Gobierno en estos meses no ha dejado tecla por tocar.
En la política exterior, la situación de España es calamitosa.
*.- Enfangado el Ejecutivo en una desarmonía irreversible con el de los Estados Unidos, el denominado eje franco-alemán se ha venido abajo y con él, la Constitución Europea y la agenda financiera de la UE. Mal cambio se hizo, pero no peor que el realizado con los vecinos del sur.
*.- En Marruecos -que nos sigue enviando la muerte en patera con una regularidad crudelísima-, el Gobierno se ha desembarazado del Plan Baker en sus dos fases y ha dejado al albur dictatorial del monarca alauita la suerte del Sahara, sacudido ahora por la peor represión.
El esfuerzo -a caballo entre la ingenuidad y la ignorancia culpable- para estrechar lazos con Rabat no ha servido siquiera para aumentar el número de nuestros pesqueros en las aguas jurisdiccionales marroquíes.
*.- Mientras tanto, Castro y Chavez protagonizan en Cuba y Venezuela -con la permanente comprensión de nuestro Gobierno- las peores versiones del populismo totalitario de la América de habla hispana. El decaimiento de la capacidad de interlocución de nuestro ministro de Exteriores, no sólo con el sátrapa de Libia sino 
también con los Ejecutivos americanos, ha obligado a la vicepresidenta primera -quien, con el vicepresidente segundo y ministro de Economía y Hacienda, es la única garantía de templanza- a realizar una gira por varios países para que sus máximos dignatarios acudan a la próxima cumbre Iberoamericana de Salamanca. Se está tratando de salvar el aislamiento en el que nos ha introducido la política de Rodríguez Zapatero, ahora que el referente occidental es el de marchamo anglosajón (véase, Londres 2012), sin duda comandado por Blair y Bush.


La política interna no se encuentra en situación menos lamentable.
*.- .- El  fracaso indefectible de la reformulación jurídico-constitucional de Cataluña en España y la inviabilidad política y aritmética de cambiar determinados aspectos de la Carta Magna, dejan a Rodríguez Zapatero suspendido en la nada, tan desairadamente como cuando contempló -perplejo- que el presidente secesionista del País Vasco era reelegido con el imprescindible concurso del reconvertido entorno de ETA cuyos epígonos han vuelto a tomar impunemente las calles vascas, a reclamar el chantaje económico y a susurrar las peores amenazas en los oídos de los que siguen sin rendirse a su matonismo tabernario.
*.- Si el consuelo a tanto despropósito -destruido ya el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo- es que algunos dirigentes del PNV «sólo» reclaman la cosoberanía, aviados estamos.
Y lo estamos también -aviados- si, como parece, los terroristas siguen suscitando adivinaciones pacificadoras en nuestro presidente del Gobierno al que la banda le recuerda su presencia contribuyendo a los colapsos circulatorios en este sufrido y viario país que, además, arde donde más duele: en Guadalajara y en Jaén, por citar dos puntos geográficos trágicos y que han demostrado que la capacidad de gestión -y de presencia- en situaciones de emergencia no es precisamente un don que distinga a este equipo gubernamental que declaró la alerta sanitaria por salmonelosis cuando se habían registrado ya más de seiscientos afectados.
*.- La impertinencia del Gobierno y de la clase que ejerce el oficialismo progresista para con los jueces que han elevado cuestiones de inconstitucionalidad sobre la ley del matrimonio homosexual y la de violencia doméstica, trasluce el nerviosismo acerca de que ambas iniciativas se vean seriamente reprobadas por el Tribunal Constitucional y menos discretamente, además, que las protestas internacionales que suscitó en su momento -y que aún continúan- la insólita regularización de inmigrantes que dejó en pasmo a todos los gobiernos de la Unión Europea.

No olvido -¿cómo hacerlo?- la muerte de un ciudadano en el cuartel de la Guardia Civil en Roquetas, ni el siniestro que se cobró el martes pasado la vida de diecisiete militares españoles en Herat (Afganistán). Sobre ambas desgracias -y algo más que desgracias- y sobre su alcance político y sobre las tragedias ecológicas de los incendios y sobre la ruina de los agricultores por la sequía -sin perspectivas inmediatas de un justo trasvase del Ebro-y sobre lo antes expuesto y relatado, no haré comentario adicional, seguro como estoy de que Amnistía Internacional, «Nunca mais» y los directores y productores del documental «Hay motivo», entre otros, secundados por la Academia del Cine en su próxima edición retransmitida por TVE de los premios Goya, ejercerán de conciencia crítica colectiva con la eficacia con la que lo hicieron en el bienio 2003-04. Esperémoslo.

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