jueves, 4 de febrero de 2010

Se busca ejemplo a seguir (Isabel San Sebastián)


ESPAÑA es un enfermo agudo de neumonía que tirita a la intemperie mientras su presidente, bien abrigado y mejor comido, le receta aspirinas. No le presta su chaqueta ni le envía al especialista, no. Cual Mengele de la economía, experimenta tratamientos, a cual más devastador para el paciente, convencido de ser un genio incomprendido.

España es una leprosa cuyas campanillas de alerta (paro, deuda y déficit disparados) ahuyentan a cualquier dirigente que aspire a mantenerse libre del contagio, ya sea viniendo aquí, como en el caso de Obama, ya sea acercándose a Zapatero en la reunión de Davos. Somos los apestados de Europa. La «s» de los cochinos (pigs) que lastran la recuperación. Náufragos a la merced de las ocurrencias de un irresponsable.

Según un reciente informe sobre el futuro de nuestro Estado de Bienestar, que firman nombres del relieve de Rodrigo Rato, Juan Manuel Eguiagaray o José María Fidalgo, estamos al borde de la quiebra. Es decir, que si no se toman medidas drásticas, globales e inmediatas, ya podemos decir adiós a los derechos adquiridos y despedirnos del sistema de salud y protección social que hemos disfrutado hasta ahora; de las pensiones garantizadas y no digamos de la cobertura a la dependencia, que pasará a la Historia como una de las mentiras más gordas de este Gobierno de embusteros. En otras palabras; que si queremos mantener algo de lo conquistado a lo largo de décadas de esfuerzo, ha llegado el momento de apretarse el cinturón. Pero de hacerlo todos a una, no sólo los pringaos de siempre.

El mismo día en que se descolgó nuestro iluminado líder con eso de que había que retrasar la edad de jubilación hasta los 67 años, supimos que a los diputados les basta con once en el Congreso para garantizarse un retiro dorado al sol de la pensión máxima. Un acuerdo que tomaron todos los partidos del arco parlamentario, sin excepción, en el 2006, y que ninguno discute. ¿Es que nadie tiene un poco de vergüenza?

Trabajaremos más tiempo y renunciaremos a lo que nos pertenece, de acuerdo. Pero primero que se recorte el festín de las autonomías, que dejen de triplicarse administraciones, que desaparezcan coches oficiales, asesores, visas oro y demás prebendas, que se ponga fin al guateque lingüístico, al presupuesto de la alianza de civilizaciones, a las subvenciones al cine que nadie ve y al pesebre en el que abrevan los sindicatos. Que sea la clase política la primera en marchar por la senda de la austeridad. Den ustedes ejemplo de sacrificio y luego pídannos que les sigamos.

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