lunes, 29 de septiembre de 2008

La imagen de España


La destrucción de la imagen de España (Julián Marias)
"Es la imagen de España la que está quebrantada y en peligro. (…) Son legión los que no saben qué es España, y por tanto no saben lo que son; son españoles, pero con una extraña confusión u oscuridad (…), lo son a medias, sin claridad, con extremada pobreza de su propia realidad.
¿Por qué? Ante todo, por ignorancia. La mayoría de los españoles desconocen su historia; no tienen una idea aproximada de cómo se ha constituido su nación, cuáles han sido sus etapas y vicisitudes, quiénes han sido los que realmente la han imaginado y realizado. La enseñanza de la historia ha sido desde hace muchos años defi­ciente. Desde la guerra civil ha estado sometida a una operación de manipulación tendenciosa, de falsificación. Pero todavía se con­servaba el torso de lo que se había sabido, y que en sus líneas generales era verdadero. Los que no eran demasiado jóvenes poseían una idea que no se podía impunemente destruir, que era menester respetar en su conjunto.
Pero esa desfiguración ha hecho su camino. A la altura de estos años fina­les del siglo XX son muy pocos los que han recibido una enseñanza histó­rica aceptable. Los jóvenes y los de mediana edad apenas saben nada del pasado —ni del español ni, menos aún, del resto del mundo—. Sería de la mayor urgencia una Historia de España elemental clara, atrac­tiva, veraz; que se pudiera leer, que produjera placer, que fuese divertida y acaso conmovedora, que reflejase el argumento del drama humano que es España y mostrase cuáles han sido sus principales personajes. Una historia narrativa y con nombres propios, no una colección de "materiales" para escribirla.

(…) No faltan historiadores excelentes, sin duda mejores que entonces; pero a algunos les parece una tarea demasiado humilde, poco "científica"; otros tienen la fas­cinación de ciertos métodos —que me parecen arcaicos—, con des­dén por la narración y preferencia por los "datos" y estadísticas; algunos prefieren escribir monografías minuciosas, o investigar aspectos mal conocidos del pretérito. Están en su derecho, pero yo les pediría el sacrificio de escribir un breve libro que pudiera estar en todas las manos y no llevara a la confusión, sino a la claridad.

Y lo peor no es la ignorancia, sino la desfiguración, la manipula­ción, la falsificación más deliberada. Con pretextos políticos, sobre todo con pretexto de los nacionalismos eruptivos, se está proce­diendo a una colosal suplantación de la realidad. Se inventa lo que nunca ha existido; se fragmenta arbitrariamente la realidad del con­junto; se proyectan zonas de silencio sobre lo que no interesa a una serie de poderes.
No es sólo la enseñanza, los cursos y libros vigentes en las instituciones; los planes de estudio que eliminan todo lo humano —historia, literatura, filosofía, lo que hace que las personas puedan serlo y vivir libremente como tales—. Los medios de comunicación sirven dócilmente a ese propó­sito. Cada vez que se evoca el pasado reciente, se lo sustituye por una cari­catura —casi siempre rencorosa— hecha de ignorancia y voluntad de falsi­ficación, que se extiende hasta los menores detalles.

Como esto llueve sobre mojado —sobre la ignorancia promovida por las instituciones edu­cativas—, no hay defensa y se consigue lo que se buscaba. Los "debates" en que se discuten las cuestiones más importantes y de mayor alcance consisten casi siempre en "equipos" prefabricados de per­sonas cuyos títulos para participar en ellos no parecen claros, no se ve su competencia para opinar sobre esos asuntos. Pero como los espectadores no saben quiénes son —y menos aún quiénes podrían ser—, y tampoco tienen conocimiento de la cuestión debatida, reciben una deformación que se añade a todas las demás.
Pero no se olvide que se trata de la imagen de España.

(…) Los programas de televisión, especialmente los concursos, ponen de manifies­to la aterradora ignorancia de la mayoría de los participantes, que parecen una "muestra" de España. Se acogen con aplausos los aciertos de los que pueden nombrar un río español o saben que Alfonso XII es posterior a Felipe II, como insólitas muestras de sabiduría.
Las actuaciones televisivas, por ejemplo la acumulación de chistes, llevan a límites increíbles la grosería, la procacidad y, sobre todo, la falta de gracia. El cine, con muy contadas excepciones, tiene el mismo carácter, y contri­buye a que los espectadores se vean en un espejo deformador y, por supuesto, sucio.

La política contribuye de modo extraordinario a esa destrucción de la imagen de España. Y esto ocurre cuando se ha consumado lo que llamé "la devolución de España", cuando parecía que volvía a estar "en nuestras manos".
(…) Se ha ido consumando la evitación del tratamiento político de los problemas españoles, de aquellos que afectan a la realidad de España, a sus proyectos, a su horizonte, a su porvenir.
Se discuten interminablemente cuestiones minúsculas, casi siem­pre sórdidas, se atiende a la fragmentación de las comunidades autóno­mas, a sus exigencias, sus gritos destemplados en muchos casos; o bien a las normas y regulaciones de la comunidad europea, con un vacío en medio, que es precisamente España.
Se dirá que esta es la actitud del Gobierno y el partido dominante; pero los demás se pliegan excesivamente a ese planteamiento recibido; rara vez se atreven a reivindicar su propia perspectiva, a hablar de lo que realmen­te les interesa —si es que de verdad pretenden existir y representar el torso mayoritario del país—. Se cuentan con los dedos de la mano —si se quiere ser optimista, de las dos— los que contribuyen a dar una imagen verdadera y por eso atractiva de España.
Digo verdadera y por eso atractiva, porque creo que España es un país de apasionante interés, comparable al de los escasos países que han contribuido de verdad a hacer la configuración del mundo, a crear en él las cosas que lo hacen admirable, aparte de la naturaleza, tan beatamente ensalzada, tan poco estimada estéticamente, tan poco amada cordialmente.
Ahora son principalmente españoles los que han tomado el relevo de algunos extranjeros en la operación de denigrar España. Oscu­ros rencores, vagos complejos de inferioridad —para emplear la terminología habitual— los mueven.
Sería interesante analizarlos. Lo que circula como "imagen" de España es de pavorosa pobreza. Y esto se extiende a lo más inesperado: la imagen que tienen de sí propias las comunidades que, con uno u otro pretexto, se desorbi­tan. Se podría pensar que están saturadas de sí mismas, que cono­cen profundamente su territorio, su pasado, su arte, las figuras que las han representado y les dan valor. Si se mira bien se encuentra un extraño desconocimiento, una propensión a la abstracción, una preferencia por lo negativo, un olvido de lo que las ha hecho admi­rables.

".»Creo que la imagen de la realidad histórica y social a la que pertenecemos tiene enorme importancia. Es ella la que permite la verdade­ra convivencia, la proyección histórica, el enriquecimiento de la per­sonalidad. En todos los niveles, en nuestro mundo tres: regiones, naciones, Europa; a los cuales hay que agregar desde hace bastante tiempo un cuarto: Occidente. Niveles que no se excluyen sino que han de integrarse, que deben tener la mayor riqueza posible.

(…) Resulta, ines­peradamente, que España es lo contrario de lo que con tanta frecuencia e insistencia se dice".

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