domingo, 26 de octubre de 2008

"El proceso de Garzón debe respetar la amnistía del 77" (Paul Preston).


El historiador Paul Preston calcula en 140.000 las víctimas del franquismo
Biógrafo de Franco y del Rey Don Juan Carlos, el británico Paul Preston es uno de los mejores especialistas en la España del siglo XX, especialmente la Guerra Civil y sus consecuencias.

¿Qué le parece el proceso iniciado por el juez Baltasar Garzón sobre la represión franquista?
-No sé hasta qué punto entiendo todas las ramificaciones del caso. Pero para mí, lo bueno de Garzón es que insta al Estado a aplicar la Ley de Memoria Histórica y hacer un censo de los muertos. Ha habido muchos pueblos que han hecho ese esfuerzo, incluso alguna provincia como Logroño, pero es un trabajo de Estado.

¿Cree acertada la búsqueda de responsabilidades legales y penales a los jerarcas del franquismo?
-Tal y como yo entiendo la situación con lo de Garzón, parece que la única manera en que un juez pueda tener competencia en esto es buscar responsabilidades penales. Ahí estriba la gran contradicción porque a estas alturas los grandes responsables han muerto.
Pero, por otra parte, está la amnistía de 1977 que es muy importante. No creo acertada la línea de llevar a nadie a los tribunales. Yo no soy partidario porque la amnistía fue una de las piedras angulares de la transición y eso hay que respetarlo.

¿Pero sí conocer los nombres de los responsables?
-Sí, eso es algo que hemos hecho los historiadores. La gran mayoría de los que han hecho cosas maravillosas sobre este tema no han tenido ningún apoyo estatal, ni universitario. Son gente que ha trabajado por su cuenta, profesores de instituto como Moreno Gómez o David Guinart.

Se ha criticado que se hable solamente de la represión de un bando. ..
-Eso es absurdo porque de la otra represión se ha hablado hasta la saciedad. Para saber quiénes eran las víctimas de los incontrolados, los anarquistas y las checas durante la República, los golpistas, nada más conquistar un pueblo, empezaron a investigar.
La Causa General fue la gran investigación nacional. Es decir, todo esto se ha investigado y se saben los números y los nombres. Nadie impide que se hable de eso, pero no se puede indagar más porque casi todo se sabe. Hay un censo de los muertos de la República, lo que no hay es de las otras víctimas.

¿De cuántos muertos hablaríamos?
-Hasta ahora sabemos a ciencia cierta unos 105.000 nombres. Es la base de investigaciones completas, como Logroño. El problema es que se habla mucho de durante y después de la guerra. Pero eso es falso porque todo es después de la Guerra Civil. Lo que ocurre es que, por ejemplo, la guerra concluye en Ceuta y Melilla el 17 y 18 de julio de 1936. En Segovia, el 18. En Valladolid, el 19... La represión comienza en cuanto hay un control total de los golpistas y en algunos casos sigue hasta 1943. Hasta ahora sabemos, más o menos, unos 105.000 nombres y eso a base de 37 provincias, unas muy bien investigadas y otras parcialmente. Yo calculo que podemos llegar a 140.000, pero el gran problema son los muertos sin nombre, los que fueron asesinados fuera de sus pueblos, como los que huían delante de la llamada Columna de la Muerte. -¿Hay que publicar los nombres de los verdugos? -Es un tema muy difícil. Sé que es doloroso para sus hijos, algo que lamento porque no tienen la culpa, pero la historia es la historia. Hay miles de personas que tienen el derecho a saber. Por eso creo que hay que publicarlos.

Un especialista sobre el franquismo, Hispanista hasta la médula, Paul Preston tiene en su haber biografías muy completas sobre Franco y el Rey Don Juan Carlos.
Esa labor le hace conocer con detalle los instrumentos de la maquinaria de represión puesta en marcha por las autoridades franquistas. Para Preston sigue siendo un drama que conozcamos con detalle cómo fue el proceso que acabó con la vida de numerosas personas tras el golpe de Estado de Franco. Para el historiador entre los muertos oficiales y los desaparecidos podrían ser 140.000 las víctimas del franquismo. Victor Fernández (La Razón)

Una Memoria histórica que divide


La Memoria Histórica que defiende el Gobierno parte en dos a los españoles
Un sondeo de NC Report para LA RAZÓN señala que el 42% no quiere retirar los símbolos franquistas. Los más partidarios de pasar página y dejar de investigar son los ciudadanos mayores de 65 años.
La iniciativa del juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón de investigar los crímenes de la Guerra Civil y la posguerra -al hilo de la Ley de Memoria Histórica que aprobó el Gobierno- ha levantado ampollas en más de un sector y ha llevado a muchos ciudadanos a posicionarse sobre si es necesario reabrir viejas heridas. La división es palpable. Dos de cada cinco españoles (42%) están en contra de la retirada de símbolos del régimen de Franco. Los mismos que apuestan por eliminarlos.
También se observa una España casi partida en dos en lo que se refiere a abrir fosas comunes: dos de cada cinco quieren; dos de cada cuatro, no.

Queda claro que los jóvenes son los que más quieren informarse sobre la contienda, pese a no vivirla. Por ello, la intención del juez de abrir las fosas y recabar datos sobre asesinados parece haber calado de la forma que esperaba.
Así, un 60 por ciento de los españoles estaría dispuesto a seguir estudiando este episodio de la historia, frente a casi un 32 que aboga por pasar página y no remover el pasado.
La población de más de 65 años es la más reacia a seguir las investigaciones (dos de cada cinco ciudadanos de esta edad rechazan nuevos estudios, en contra de la mitad que cree que aún queda mucho por saber).
Sólo uno de cada cinco jóvenes quieren dejarlo de lado.
Sobre el reconocimiento de las víctimas, uno de cada tres los españoles no quieren que se les honre y más de la mitad los que abogan por un reconocimiento público.
Un 52 por ciento de los encuestados considera que los familiares deberían recuperar los restos mortales de los enterrados en fosas comunes, mientras que cerca del 40 no quiere remover más la tierra.

La mayoría de los ciudadanos conoce bien la Guerra Civil
Casi tres de cada cuatro menores de 29 años aseguran saber lo suficiente.
La mitad de los encuestados conversa sobre la guerra con sus familiares o amigos de forma habitual. No es un tema tabú. Es más, para casi la mitad de los españoles (48%) la Guerra Civil y la posguerra española forman parte de sus conversaciones habituales con familiares o amigos. La otra mitad (46,5 por ciento) prefiere no hablar de la contienda.

Tres de cada cuatro los ciudadanos aseguran conocer bien la Guerra Civil, frente a sólo un 19 por ciento que apenas tiene información al respecto.
Son los encuestados de mayor edad -más de 65 años- los que confiesan saber más, con un 85 por ciento. Pero sorprende que casi tres de cada cuatro menores de 29 años aseguren estar bien informados sobre la contienda que dividió a España.
Casi dos de cada tres ciudadanos (61 por ciento) tienen claro que se trata de la mayor tragedia de la historia española. Sólo uno de cada cuatro -26,3 por ciento- rechaza este calificativo.

La Guerra fue una tragedia para el 66 por ciento de los mayores de 65 años, mientras que sólo el 58 por ciento de los menores de 30 años utilizarían ese calificativo para definirla. La concienciación para muchos puede depender de que la Guerra provocara o no víctimas familiares. Como le ocurre a cerca de la mitad de los españoles, quienes perdieron a algún ser querido.
Ficha técnicaEmpresa: NC Report.Universo: Españoles de 18 años de edad o más.Tamaño de la muestra: 1.000 entrevistas telefónicas realizadas entre el 20 y el 23 de octubre.Nivel de confianza y error muestral: Para un nivel de confianza del 95,45% (2sigmas), y para P=Q, el error es el 3,16% para el conjunto de la muestra de 1.000 entrevistas.Estratificación: 106 municipios de las 17 comunidades autónomas más las ciudades de Ceuta y Melilla.

Adolfo Suárez, el político de la Transición más valorado
A la hora de puntuar a los políticos que sirvieron a Franco y que después participaron en la Transición, los españoles aprueban a la mayoría de ellos, aunque no con notas muy altas. Adolfo Suárez recibe un 5,7, seguido por Manuel Fraga, con un 5,2. Torcuato Fernández Miranda aprueba «raspado» con un cinco. Seguido del suspenso con 4,5 de Joaquín Ruiz-Giménez.

Desmemoria Histórica


Ernest Maragall consigue que una editorial censure un libro sobre su familia.
Suprime secciones del Diario de su padre en la Guerra Civil.
Ernest Maragall, consejero de Educación de la Generalidad y hermano de Pasqual Maragall, ha logrado que Ediciones B destruya los ejemplares originales del libro "Pasqual Maragall, el hombre y el político", y los reedite en una versión reducida con 20 páginas menos, según El Mundo.
La sección desaparecida versaba acerca del papel del padre de ambos, Jordi Maragall, en la Guerra Civil.
La actuación del consejero ha sido vital para la destrucción de 10.000 ejemplares de la versión inicial escrita por las autoras, y las sustituya por otros tantos en los que se han perdido cerca de 20 páginas. La obra es una biografía que intenta explicar la figura del ex presidente de la Generalidad remontándose a la historia de su familia, y reproduciendo fragmentos de una autobiografía inédita de su padre, Jordi Maragall.
Los fragmentos perdidos son aquellos dedicados a su padre durante la Guerra Civil, los mismos pasajes que fueron publicados por el propio diario El Mundo por el periodista Arcadi Espada, en su artículo semanal El correo catalán, informa el diario. El País informó el sábado, a su vez, que Ediciones B aceptó la imposición de la familia y finalmente destruyó los ejemplares con la versión original de la obra, editada más tarde sin los párrafos que disgustaron a la familia.

"Durante nuestra guerra conocimos estos días tranquilos en el piso de Travesera, solos en él, ocupados en muchos quehaceres de la casa o mirando por las ventanas hacia el Tibidabo en las tardes de otoño de 1936, leyendo "La montaña mágica", que tanto me impresionó, escuchando conciertos que nos traía el gran aparato de radio, sintiendo profundamente el dulce bienestar de la propia casa", rezaba uno de los fragmentos de dicho diario personal.

La versión oficial dada desde la editorial, del mismo grupo que El Periódico, dirigida por un hermano del consejero de Política Territorial y Obras Públicas, Joaquím Nadal, es que los ejemplares sufrieron un problema en el proceso de impresión, que afectó a la cubierta de los mismos, donde aparece Pasqual Maragall con uno de sus hijos. El Mundo afirma que no pudo contactar con el Consejero para que éste puntualizara su vinculación exacta a la destrucción de los ejemplares.
Las autoras Esther Tusquets y Mercedes Vilanova lograron una estrecha colaboración con los Maragall, que pusieron a su disposición los diarios familiares, además de prestarse a múltiples entrevistas en las que la esposa del ex presidente, Diana Garrigosa, narra el suicidio de Pau Maragall, fallecido a causa de una sobredosis. Según la propia familia también se llegó a un acuerdo a la hora de revisar el texto, además el compromiso de que éste llegara a las librerías después de las memorias oficiales escritas por el propio Maragall para otras editoriales: RBA y La Magrana, para sus ediciones en castellano y en catalán, respectivamente.

El diario El Mundo también asegura que no logró contactar con Esther Tusquets, autora del libro censurado, para dar su versión de los hechos.
Espada, que se hizo con un original, expone en su artículo algunos de los episodios más interesantes relatados por el padre del ex presidente de la Generalidad. Así, muestra cómo el padre de Maragall confiesa la plácida vida que llevó en Barcelona durante la guerra civil, librándose de acudir al frente.
Diarios de Arcadi Espada
25 de octubre
Para que la memoria de los Maragall no se destruya
Querido J:
Es incluso probable que recuerdes mi carta de la pasada semana y el anuncio de un libro ciertamente singular sobre Pasqual Maragall, que han escrito Esther Tusquets y Mercedes Vilanova. (Ediciones B/ISBN 978-84-666-4003-9/Depósito legal B.37.627-2008). Entonces había echado un somero vistazo a algunas páginas. Ahora ya lo he leído entero. Sigo pensando que el defecto principal es su carácter apologético. Pero tiene serias virtudes. Entre ellas la rara libertad con que se expresan los protagonistas, el primero el propio Maragall. Una virtud que también debe de ser mérito de las autoras, responsables de haber organizado un clima de naturalidad en sus entrevistas y de haber sabido transcribirlo con las palabras adecuadas. Además han tenido el acierto de situar a Maragall en su contexto familiar y ciudadano, limitando el efecto deslumbrante de la política y el presente, y acometiendo con prudencia, por el otro extremo, la inevitable evocación de la figura del abuelo poeta y sus muy románticas turbulencias sobre el ser de la lengua, de Cataluña, de España, y de las patrias completas.

Me agrada, por ejemplo, que el libro se detenga en los padres de Maragall, una pareja encantadora que resistió con elegancia y dignidad el emparedamiento entre padre e hijo. Las autoras han tenido la fortuna de leer y de reproducir algunos fragmentos de una autobiografía inédita de Jordi Maragall. Me parece fascinante que aquel señor sobrio y pulcrísimo al que conocí vagamente en los años finales de su vida evoque con sencillez naïf al turbado adolescente que fue en un Sant Gervasi casi geórgico: «Me enamoraba de muchas chicas. De una que iba a la fuente de la plaza Molina y pasaba por delante de mi casa todos los días a la misma hora. Era una muchacha finita, con unos vestiditos cortos que dejaban ver unas piernas bien hechas. La veía pasar y se me encendía la sangre.» No menos fascinante es la apaciguada descripción con que evoca el inicio de su compromiso con su mujer, Basi: «Paseábamos hacia la actual plaza de Francesc Macià. Entonces era un paraje solitario, con pocas casas. Mientras paseábamos, yo inicié el tema, pero ella lo entendió antes de que yo acabara de hablar y reclinó la cabeza sobre mi pecho.» Aunque no deberías confiarte. A los pocos días de casarse, y en la delicada villa de Caldetes, se sintió mal y tuvo que acudir el médico. Su autobiografía transcribe el diagnóstico: «No era nada. Cosas derivadas de hacer el amor sin descanso.»

El más importante de todos sus fragmentos autobiográficos lo escribió, sin embargo, en el diario de su mujer, el 26 de enero de 1941. Es una larga anotación que evoca los años de la guerra. Una visión muy extraña. Para ser franco… no me extraña que haya permanecido inédito. Escribe un buen burgués catalán, recién acabada la tragedia, y ese punto de vista suele ser hoy muy incorrecto. Para empezar fue feliz: «Durante nuestra guerra conocimos estos días tranquilos en el piso de Travesera, solos en él, ocupados en muchos quehaceres de la casa o mirando por las ventanas hacia el Tibidabo en las tardes de otoño de 1936, leyendo La montaña mágica, que tanto me impresionó, escuchando conciertos que nos traía el gran aparato de radio, sintiendo profundamente el dulce bienestar de la propia casa, en la que todo se domina, todo nos pertenece y lo usamos todo con constante deleite.» Envidiable, realmente. Tener veinticinco años, una guerra y cambiar las incomodidades del frente por una ventana con vistas a Mann y… ¿Haydn? Me pregunto cómo lo consiguió, pero no he visto la respuesta en el libro. Sólo unos párrafos más allá, cuando se describe el ambiente del piso de su madre, donde pasaron algunas semanas hay alguna alusión: «Allí vivimos juntos muchas horas malísimas sufriendo constantes amenazas de todo tipo: bombardeos, faltas de alimentos, registros, llamadas a quintas.» Ir a la guerra es siempre una amenaza, desde luego. Y mucho más raramente una obligación moral o patriótica. La sinceridad del padre Maragall es muy satisfactoria. Convendrás que viene muy bien en estos tiempos de farsa y granizo retrospectivo.

En los comienzos de la guerra les llega el primer hijo. Sigue leyendo: «El pobre doctor Degollada, asesinado por los rojos poco después, asiste a Basi, autoritario, limpio, inspirando tanta confianza». Así los llamaban, claro. Los rojos. Era el color.
En cualquier caso la pasión entre Jordi y Basi no remite. Todo indica que el amor no es una cuestión tajantemente disociada de la guerra. Bien al contrario. El 12 de noviembre de 1938 les nació una hija. Evoca el padre: «Son ya los días de las caras alegres y de las noches cerca de la radio.» ¡Claro! ¡Quién dijo tristeza de la Barcelona derrotada y de la Cataluña aniquilada! Habla un Maragall: «Pocos días después vino la liberación de Barcelona.» La liberación, naturalmente, qué otra cosa.

Los textos autobiográficos del padre Maragall que el libro reproduce incluyen también un esbozo casi doméstico, humanísimo, de las enfermedades mentales que en un momento u otro han afectado a la familia. «Hace años que duran, con paréntesis de paz y tranquilidad. Pero no puedo negar que estos sufrimientos han marcado nuestra vida». La declinación de los problemas de salud mental de los hermanos Maragall, que se extendieron incluso a yernos, es realmente impresionante. Tiene razón Diana Garrigosa, la esposa del expresidente, cuando habla de su cuñada Antònia: «Fue un regalo para esta familia tremenda.» Y también el propio Maragall, que la califica (con humor triste y con el mérito de que lo hace desde su propia y grave enfermedad) de “familia patética”. El recuento del padre, al que hábilmente las autoras ceden durante varias páginas su voz narrativa, es una prueba conmovedora de los estragos genéticos, y tiene mucho valor que aparezca en el retrato biográfico de un hombre público.

Los apuntes de la madre Maragall también están en el libro. Uno, amputado de su contexto, adquiere una veracidad solemne como cita inicial de la obra: «¿Se perderán todas las voces allá dentro? ¿No quedará nada de los abrazos, de las miradas? ¿Quizá alguien, alguna vez, preguntará: “Te acuerdas?» Maragall reconoce textualmente “el Edipo acojonante” que marcó su vida de hijo, porque Basi fue una mujer de gran atractivo y elegancia. Y su nuera Diana Garrigosa reconoce su irritación sobrevenida: «La habían educado como a una señorita, pero a mí también, y no sólo no se me caen los anillos, sino que me divierte arreglar las plantas. En los apuntes de Jordi hay una parte en la que la describe tomando el sol. Lo que más le gustaba a Basi era estar sentada o tumbada tomando el sol. Lo malo es que parece que las cosas se hacen solas, y siempre hay alguien en la trastienda que las hace.»

La mujer de Maragall es una gran protagonista del relato. Y llama la atención el modo descarnado, sin diplomacias, con que aborda algunos asuntos familiares o políticos. Suya es la descripción, por ejemplo, del suicidio de un hermano de Maragall, Pau, muerto de sobredosis. Y suya la acusación a Convergència de haber utilizado políticamente la drogadicción de Pau: «Hubo un cara a cara con Cullell, en que éste no paró de repetir lo mismo. Hablaban de Economía y Cullell decía: ‘Pero señor Maragall cuándo cerrará los bares de droga?’ Hablaban de deportes y: ‘Pero señor Maragall, usted ¿cuándo cerrará…» Y no sólo eso. «Quisieron ampliar el escándalo del hermano drogadicto e hicieron una redada. Fueron una vez a su casa y encontraron una bolsita». Ese fueron, ese hicieron: el sujeto elíptico queda ahí colgando, algo indecente, la verdad. Pero en esa redada ve Diana Garrigosa el principio del camino que llevaría a la muerte a Pau. A ella se le debe también el relato de una desastrosa jornada de pesca en Menorca con el presidente del Gobierno y su esposa, que acabó con el mareo de Sonsoles Espinosa y la firme promesa de la pareja de no volver a salir con los Maragall. Resume, herida, la señora Garrigosa: «Sonsoles es estupenda, pero yo he tenido cero trato con ella. No ha querido saber nada de mí». Y entre sus últimas palabras no debes olvidar este definitivo apotegma: «Pasqual es muy sincero y es muy generoso. No entiende la traición. Y le ha traicionado Montilla, pasando por Carod y por Zapatero».

En fin, amigo. El libro tiene aún más interés del que prueban estos fragmentos. Lo he tenido entre mis manos, un libro de 271 páginas, con una muy hermosa fotografía de Maragall llevando al cuello a su hijo, un libro con su lomo, sus páginas cosidas, su tapa dura, su título: Pasqual Maragall: el hombre y el político, su Printed in Spain, sus portadillas, su goloso índice onomástico, sus pliegos fotográficos.

Existe el libro y es una excelente noticia que se haya hecho, y que una familia con mucho peso en Cataluña (en el pasado y también en el presente: al fin y al cabo hay un consejero Maragall en el actual gobierno de Montilla) haya puesto a disposición de las autoras palabras y documentos, y haya accedido a mostrarse. Mucho más teniendo en cuenta que el negro sobre el blanco siempre han formado una pareja muy drástica. Leía el libro y me preguntaba si a veces no habré juzgado demasiado duramente algunos defectos del poder político, social y cultural de esta ciudad, el carácter untuoso y cobardón de su trama, las trampas que suele hacerse con la memoria, esa comidilla. Porque éste, qué caramba, es un libro valiente. Como regalo especial voy a adjuntarte, incluso, un párrafo del epílogo que las autoras habían planeado incluir y que al final descartaron. El fragmento señala una de las razones por las que el libro es como es, y desvela un making off muy seductor, clave de su espontaneidad y viveza.

«El hombre carismático dialoga con las dos mujeres en su despacho, mientras oscurece despacio tras los ventanales y, como nadie prende la luz, van quedando sumidos en la penumbra. Ha desaparecido la última secretaria, se ha fundido el hielo de la coca-cola y del agua mineral, se ha enfriado la infusión. En un grado mayor de intimidad, el hombre contesta con prolijidad de detalles a las preguntas –incluso cuando giran en torno a temas dolorosos como los espinosos problemas de sus hermanos, o su propia enfermedad–, bromea socarrón y pasa luego largo rato recitando o leyendo o buscando la traducción más correcta a una expresión difícil de los sonetos de Shakespeare. Le encanta leer en voz alta, le encanta el cine, la música. Tiene la suerte de que le gusten e interesen muchas cosas.»
Así fue, y así fue escrito y publicado.
Sigue con salud.
A.
Así lo cuenta El País:
La accidentada biografía de Maragall
Un enfrentamiento entre la familia y la editorial obliga a destruir 10.000 ejemplares
MIQUEL NOGUER / CARLES GELI - Barcelona - 25/10/2008
A Pasqual Maragall le gusta alardear de su carácter imprevisible. Lo cultivó en su carrera como alcalde de Barcelona y lo llevó al límite a su paso por la presidencia de la Generalitat. La polémica parece sentirse a gusto junto al personaje. Y ahora amenaza con perpetuarse a su lado en las estanterías de las bibliotecas. Su última biografía a punto de salir al mercado, Pasqual Maragall, el hombre y el político, de Esther Tusquets y Mercedes Vilanova (Ediciones B), ha rozado la puerta de los juzgados.
Las autoras no han respetado las condiciones previas", dice Garrigosa
Si no hay nuevos incidentes, la obra, que retrata con detalle los orígenes burgueses de los Maragall, saldrá a la venta el próximo miércoles. Pero ni la forma ni el contenido se ajustan al original.
Faltan una veintena de páginas con los textos escritos por el padre de Pasqual Maragall donde contaba la infancia del ex presidente. Sin un gran valor político, la familia ha rechazado su publicación porque se trata de "textos íntimos". También se han eliminado reflexiones del protagonista y de su mujer sobre el alzhéimer que sufre el político. Las autoras atribuían a un miembro de la familia la versión de que dirigentes socialistas filtraron la noticia de la enfermedad del presidente antes de que ésta fuera anunciada. De hecho, el presidente de la Generalitat, José Montilla, destituyó fulminantemente a su delegado en Madrid, Ramón Martínez Fraile, cuando dijo, en mayo de 2007, que Maragall estaba "enfermo".
También desaparece la versión atribuida a Narcís Serra según la cual los primeros síntomas de la enfermedad se manifestaron en Maragall antes de abandonar la presidencia. EL PAÍS ha intentado verificar esta versión contactando con Serra desde la mañana del jueves. En las últimas 48 horas ha estado ilocalizable, dijo ayer su portavoz. Reflexiones de familiares sobre la salud de otros miembros de los Maragall también han sido borradas (un hermano de Maragall murió de sobredosis). También han suavizado algunas de las facilidades que encontró Maragall en la familia para combinar su resistencia política con una vida desahogada.
La mutilación es resultado de la batalla que Pasqual Maragall y su esposa, Diana Garrigosa, han emprendido contra las autoras del libro. "No se respetaron las condiciones previas", se justifica Garrigosa a EL PAÍS para explicar el cambio de actitud de la familia ante una biografía que en principio veía con buenos ojos.
Los abogados de la familia y la editorial han pactado la destrucción de miles de ejemplares -más de 10.000, según fuentes de la familia- . Y habrá querella si aparece algún ejemplar.
Los condicionantes eran tres, enumera Garrigosa: ella y Maragall concedían entrevistas a las autoras a cambio de revisar, después, el resultado. Aportaban documentos, algunos inéditos, sin que ello fuera una autorización a reproducirlos íntegramente. La tercera y última condición es que el libro no podía aparecer antes que las memorias oficiales que el propio Maragall editará con RBA.
"Nada de esto se ha respetado y el resultado es un libro que tiene poco interés", dice Garrigosa, quien niega cualquier motivación económica. "Sólo buscamos respetar la memoria de la familia", dice confesándose "engañada".
Las autoras rechazan toda acusación. Las condiciones de los Maragall no constan por escrito. Todo se pactó de palabra, dice la familia. "Ni había compromiso de revisión del libro ni se habló nunca de no publicar unos documentos que la familia entrega y, ni mucho menos se nos pidió publicar nuestro libro después de las memorias oficiales", resume Tusquets, sorprendida por la irritación de la familia. "¿Por qué no publicar unos documentos que el padre de Maragall, Jordi, a quien traté mucho, había escrito con este fin?", añade Vilanova.
El director editorial de Ediciones B, Ricardo Artola, dice que "por las prisas" el trabajo presentó al final "problemas en la cubierta y en la calidad de impresión". Admite que fruto de esos errores se tuvieron que guillotinar "algunos ejemplares impresos", de los que no quiso especificar la cantidad, pero sin negar que puedan ser 10.000. En cualquier caso, lo desvinculó de cualquier exigencia familiar.
Otros datos:
"Las autoras no han respetado las condiciones previas", dice Garrigosa
Si no hay nuevos incidentes, la obra, que retrata con detalle los orígenes burgueses de los Maragall, saldrá a la venta el próximo miércoles. Pero ni la forma ni el contenido se ajustan al original.

Faltan una veintena de páginas con los textos escritos por el padre de Pasqual Maragall donde contaba la infancia del ex presidente. Sin un gran valor político, la familia ha rechazado su publicación porque se trata de "textos íntimos". También se han eliminado reflexiones del protagonista y de su mujer sobre el alzhéimer que sufre el político. Las autoras atribuían a un miembro de la familia la versión de que dirigentes socialistas filtraron la noticia de la enfermedad del presidente antes de que ésta fuera anunciada. De hecho, el presidente de la Generalitat, José Montilla, destituyó fulminantemente a su delegado en Madrid, Ramón Martínez Fraile, cuando dijo, en mayo de 2007, que Maragall estaba "enfermo".

También desaparece la versión atribuida a Narcís Serra según la cual los primeros síntomas de la enfermedad se manifestaron en Maragall antes de abandonar la presidencia. EL PAÍS ha intentado verificar esta versión contactando con Serra desde la mañana del jueves. En las últimas 48 horas ha estado ilocalizable, dijo ayer su portavoz. Reflexiones de familiares sobre la salud de otros miembros de los Maragall también han sido borradas (un hermano de Maragall murió de sobredosis). También han suavizado algunas de las facilidades que encontró Maragall en la familia para combinar su resistencia política con una vida desahogada.

La mutilación es resultado de la batalla que Pasqual Maragall y su esposa, Diana Garrigosa, han emprendido contra las autoras del libro. "No se respetaron las condiciones previas", se justifica Garrigosa a EL PAÍS para explicar el cambio de actitud de la familia ante una biografía que en principio veía con buenos ojos.

Los abogados de la familia y la editorial han pactado la destrucción de miles de ejemplares -más de 10.000, según fuentes de la familia- . Y habrá querella si aparece algún ejemplar.

Los condicionantes eran tres, enumera Garrigosa: ella y Maragall concedían entrevistas a las autoras a cambio de revisar, después, el resultado. Aportaban documentos, algunos inéditos, sin que ello fuera una autorización a reproducirlos íntegramente. La tercera y última condición es que el libro no podía aparecer antes que las memorias oficiales que el propio Maragall editará con RBA.

"Nada de esto se ha respetado y el resultado es un libro que tiene poco interés", dice Garrigosa, quien niega cualquier motivación económica. "Sólo buscamos respetar la memoria de la familia", dice confesándose "engañada".

Las autoras rechazan toda acusación. Las condiciones de los Maragall no constan por escrito. Todo se pactó de palabra, dice la familia. "Ni había compromiso de revisión del libro ni se habló nunca de no publicar unos documentos que la familia entrega y, ni mucho menos se nos pidió publicar nuestro libro después de las memorias oficiales", resume Tusquets, sorprendida por la irritación de la familia. "¿Por qué no publicar unos documentos que el padre de Maragall, Jordi, a quien traté mucho, había escrito con este fin?", añade Vilanova.

El director editorial de Ediciones B, Ricardo Artola, dice que "por las prisas" el trabajo presentó al final "problemas en la cubierta y en la calidad de impresión". Admite que fruto de esos errores se tuvieron que guillotinar "algunos ejemplares impresos", de los que no quiso especificar la cantidad, pero sin negar que puedan ser 10.000. En cualquier caso, lo desvinculó de cualquier exigencia familiar.

También desaparecidos


Se cierran los casos sin saber qué ocurrió, quién fue el culpable y cómo sucedió
Hay desaparecidos «inquietantes» en España que no son de hace siete décadas, como los que quiere investigar ahora el juez Garzón, sino de la democracia.

Muchos de ellos están siendo eliminados de los registros policiales, sin que se haya conocido qué ocurrió en el momento de su desaparición, quién fue el culpable y cómo sucedió. Sencillamente, se da por prescrito o caducado el caso.
En enero de 2008, en el censo de la Policía Nacional había 9.100 desaparecidos «inquietantes»; nueve meses después se habían reducido a 7.047, según datos oficiales que maneja Unión, Progreso y Democracia (UPyD) en el Congreso de los Diputados.
Según explica la portavoz de UPyD, Rosa Díez, no se trata de que se hayan resuelto algo más de dos mil casos en menos de un año, sino de un ajuste en los registros del Ministerio de Interior. A su juicio, es un intento de «mejorar las estadísticas.

Ésa parece ser la preocupación del Ministerio. «Es escandaloso. En vez de resolver los casos no resueltos de desapariciones ocurridas en la democracia, quieren que nos dediquemos a investigar lo que ocurrió en la Guerra Civil, y los casos actuales los eliminan. La democracia hace desaparecer a sus desaparecidos».
El ajuste en el censo de la Policía se debe a una orden interna de mayo de 2008, incluida en la «Sección de Requisitorias» y firmada por el comisario principal, jefe del Archivo Central de la Policía, para proceder a una «revisión general y actualización del fichero de personas reclamadas» por autoridades de tipo «Policial».

El fin es que la información que se transfiera a la nueva versión de la base de datos se haga «lo más depurada posible, soslayando aquellos señalamientos que, dado el tiempo transcurrido desde su fecha de inserción, ya no cumplan los fines para los que fueron introducidos, y puedan provocar molestias y quejas de ciudadanos afectados por intervenciones policiales motivadas por requisitorias que, indebidamente, permanecen vigentes en los archivos informáticos policiales».

«La democracia hace desaparecer a sus desaparecidos», denuncia la portavoz de UPyD, Rosa Díez
La «actualización» de los casos ha significado, en la práctica, la eliminación de más de dos mil desaparecidos «inquietantes» del censo. Se consideran «inquietantes» cuando se sospecha que no se han producido por causa voluntaria.

Entre las instrucciones que se da a la Policía está la de «cesar» los señalamientos que puedan dimanar de hechos delictivos ya prescritos, despenalizados o judicializados, o bien «que correspondan a unidades policiales ya desaparecidas o carezcan de interés policial en la actualidad». Así, su investigación deja de estar abierta.
Agravios comparativos
Para UPyD, ésa es una de las partes más sangrantes en este asunto, ya que ha sido el propio juez Baltasar Garzón quien ha declarado en su auto que los casos de desaparecidos de la Guerra Civil y del franquismo no han prescrito porque no han aparecido los cuerpos. «Es decir, los desaparecidos de hace 70 años no prescriben, y sin embargo los de la democracia, sí», se lamentan.
Los casos que se consideren vigentes deberán tener «una fecha de cese prevista», atendiendo a tiempos de prescripción, caducidad o interés previsto. Los que queden «vigentes sin fecha de cese prevista» tendrán que confirmarse y renovarse cada año.
Mar Zaragoza, hija del químico José Luis Zaragoza, que desapareció en Madrid en 1995, es una de las afectadas por esta «criba», ya que su padre podría quedar fuera del registro de desaparecidos. Su cuerpo nunca apareció, y por tanto no se reconocerá su muerte: «Mientras no cambie la ley, mi padre figurará como secuestrado».

Méndez se ocupa del franquismo el día de los 2,6 millones de parados.

El secretario general de UGT, Cándido Méndez, escogió el día en el que se conocían unas cifras alarmantes sobre la destrucción de empleo en España para ocuparse de manera preferencial de la memoria histórica e invertir casi una hora de su tiempo en hablar con el juez Baltasar Garzón de las fosas del franquismo.
Mientras, fuera del despacho del magistrado se conocía el dato de que el número de parados alcanza ya la cifra de 2,6 millones.
Méndez se presentó en la Audiencia Nacional con una carpetita roja en la mano para anunciar a Garzón su voluntad de presentar a UGT como acusación particular en su investigación de los desaparecidos de la Guerra Civil (en sólo uno de los bandos contendientes) y el franquismo.
Méndez solicitó su personación en la causa sin aportar un solo dato de los militantes de UGT que fueron «represaliados». Reafirmó el contenido meramente mediático de su visita de ayer el que el líder sindical reconociese ante los periodistas que «en las próximas semanas» remitirá al magistrado esos «datos concretos» de aquellas fechas.
Méndez aprovechó la ocasión para opinar de los recursos presentados por la Fiscalía contra el auto en el que Garzón decide investigar las desapariciones de la Guerra Civil (en sólo uno de los bandos) setenta años después. Esta causa «no la va a poder parar ni un fiscal ni nadie», dijo Méndez ninguneando la decisión que tiene que tomar en las próximas semanas la Sala Penal de la Audiencia Nacional sobre la competencia de esta investigación.
El representante sindical, que sólo dedicó un pequeño discursito a la mala cifra del paro, justificó su solicitud de personación en que UGT es «parte afectada y perjudicada» por «los miles de militantes» que por estar afiliados a este sindicato «fueron perseguidos y asesinados por el franquismo». «Tenemos toda la legitimidad del mundo», señaló.
En este sentido, recordó que «hay ya tres generaciones de familias españolas a cuestas con el dolor de no saber dónde están sus seres queridos y no poder recuperar sus restos», y aseguró que «ha llegado el momento de que a esas familias españolas se les dé consuelo y una reparación moral».
El líder ugetista defendió las tesis de Garzón y aseguró que «los fusilamientos y desapariciones del franquismo son delitos permanentes que no prescriben»El líder ugetista defendió las tesis de Garzón y aseguró, frente a la argumentación del fiscal, asociaciones judiciales y prestigiosos juristas, que «los fusilamientos y desapariciones del franquismo son delitos permanentes que no prescriben» por tratarse de «crímenes contra la humanidad» que la Ley de Amnistía «en ningún caso pudo lavar». Aseguró que la causa va «en la dirección correcta», y confió en que, a pesar del recurso de Javier Zaragoza, el proceso «va a seguir adelante». «Las expectativas son tan fuertes que no se pueden frustrar; confío en que salga adelante, el proceso tiene fundamentos jurídicos sólidos y hay una oleada emocional irresistible», dijo.
Réditos de la memoria
PSOE y UGT son organizaciones hermanas desde los tiempos de Pablo Iglesias. Sus relaciones se estrecharon aún más desde que José Luis Rodríguez Zapatero se puso al frente del partido en 2001 y alcanzaron el grado de simbiosis en 2004, en cuanto el dirigente socialista llegó a La Moncloa.
La Unión General de Trabajadores es el principal beneficiario de la operación «memoria histórica» en su faceta contante y sonante: fondos públicos. En 151 millones de euros (2.511 millones de pesetas) se cifra la generosidad con que Zapatero compensó, vía decreto ley, al sindicato hermano por presuntas incautaciones de patrimonio sufridas en la Guerra Civil y el franquismo.
En la Transición la naciente democracia decidió repartir el patrimonio sindical acumulado durante cuatro décadas entre los sindicatos, nuevos y antiguos, con implantación o sólo con historia, siempre con escaso criterio objetivo. Después, con el PSOE de Felipe González en el poder, los fondos públicos y los locales fueron con preferencia para Comisiones Obreras y UGT.

Al llegar el PP al poder en 1996, Aznar tuvo que ceder a la exigencia del PNV de favorecer por la vía legal las las compensaciones a partidos y organizaciones sindicales cuyos bienes fueron incautados en la Guerra Civil. Con una nueva ley, todos los titulares de siglas con historia que tenían pruebas documentales de la expropiaciones -títulos de propiedad, contratos de alquiler, recibos o actas de cualquier tipo- recibieron del Estado cientos de millones. Desde el PNV o UGT, hasta Izquierda Republicana, que se quedó con más fondos públicos que militantes.

En la última legislatura del PSOE en el poder saltó el escándalo de la PSV, la promotora de viviendas vinculada a la UGT que nació y quebró en la única etapa de enfrentamiento entre el sindicato y el partido hermano. Cándido Méndez sustituyó a Nicolás Redondo al frente de la central. El Instituto de Crédito Oficial se había hecho cargo del agujero que amenazaba la supervivencia del sindicato: unos 76 millones de euros.
Nada más llegar a La Moncloa, Zapatero puso en marcha su teoría sobre «memoria histórica» y anuló las exigencias documentales para que sindicatos y partidos siguieran reclamando dinero por patrimonio incautado. Bastaban fotos para recibir dinero y a UGT le tocó el gordo: otros 151 millones. Y dio la casualidad de que recibió los fondos días antes de que le tocara hacer frente al conjunto de sus deudas con el ICO y que éstas ascendieran justo a la cifra recibida del Estado. Problema arreglado a cuenta de la «memoria».
CC. OO. protestó, pidió que interviniera el Defensor del Pueblo y el PP presentó un recurso ante el TC ante el descaro de la maniobra o regalo. El Constitucional estudia el caso desde principios de 2006. Casi como el estatuto catalán.
La fosa de Lorca
Entretanto, y sin esperar a lo que diga la Sala, Garzón acelera el proceso de apertura de fosas. Una de las primeras será la de García Lorca. A tal efecto, el magistrado ha enviado un exhorto al Decanato de Granada para que comience a excavarse la fosa de Víznar donde está enterrado el poeta. Parte de la familia Lorca considera la extracción de los restos de su pariente una profanación.

«Zapatero nos deja en PelotaZ»

Nuevas Generaciones del Partido Popular va a poner en marcha una campaña en toda España a través de la que denunciarán la situación actual que, a su juicio, viven los jóvenes españoles, a quienes considera las «principales víctimas de la crisis económica y de la incapacidad del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero para hacerle frente», según recoge NN.OO. en su web.

La campaña ha sido bautizada como «Zapatero nos deja en ‘pelotaZ’» y con ella los jóvenes del Partido Popular quieren dirigirse a los jóvenes, voten al partido que voten, para denunciar que «la negación de la crisis, la falta de medidas y la incapacidad» del presidente del Gobierno y del vicepresidente económico, Pedro Solbes, ha dejado a la juventud española «sin defensas ante la crisis, es decir, en ‘pelotaz’».

sábado, 25 de octubre de 2008

El Valle de Franco: Ideado por el dictador para inmortalizar su victoria en la Guerra Civil y honrar a los muertos de su bando


Se montó la farsa de trasladar al monumento restos de algunos "rojos" muertos en la contienda.- El Valle representa la cruz y la espada unidas por el pacto de sangre forjado en la Guerra Civil.


El 1 de abril de 1940, el general Francisco Franco presidió en Madrid el desfile de la Victoria que celebraba el primer aniversario de su triunfo en la Guerra de Liberación Nacional. Después de un almuerzo de gala en el Palacio de Oriente, el Caudillo llevó a un selecto grupo de invitados a una finca situada en la vertiente de la Sierra del Guadarrama, conocida con el nombre de Cuelgamuros, en el término de El Escorial. En la comitiva figuraban, entre otras autoridades, los embajadores de la Alemania nazi y de la Italia fascista, los generales Varela, Moscardó y Millán Astray, los falangistas Sánchez Mazas y Serrano Suñer y Pedro Muguruza, director general de Arquitectura. Franco les explicó allí su proyecto de construir un monumento, "el templo grandioso de nuestros muertos, en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria". Así comenzó la historia del Valle de los Caídos.

Dos días después, Pedro Muguruza, la persona encargada de poner en marcha el proyecto, declaró que Franco tenía "vehementes deseos" de que las obras de la cripta estuvieran acabadas en un año y el resto de las edificaciones en el transcurso de cinco. En realidad, el sueño del invicto Caudillo, convertido en pesadilla de muchos, tardó diecinueve años en realizarse.
El Valle de los Caídos fue inaugurado el 1 de abril de 1959, vigésimo aniversario de la Victoria. En esas casi dos décadas de construcción, trabajaron en total unos veinte mil hombres, muchos de ellos, sobre todo hasta 1950, "rojos" cautivos de guerra y prisioneros políticos, explotados por las empresas que obtuvieron las diferentes contratas de construcción, Banús, Agromán y Huarte. Pero poco importaba eso. Aquel era un lugar grandioso, para desafiar "al tiempo y al olvido", homenaje al sacrificio de "los héroes y mártires de la Cruzada".

El primer héroe y mártir al que trasladaron allí fue José Antonio Primo de Rivera, el más insigne de los fusilados por los "rojos". Sus restos reposaban en el monasterio del Escorial desde finales de noviembre de 1939, cuando un cortejo de falangistas los trasladaron a pie desde Alicante. Allí estuvo el dirigente fascista dos décadas, tratado con los honores de rey, inextricablemente unido al glorioso pasado imperial español.

El 7 de marzo de 1959, a punto ya de inaugurarse el Valle de los Caídos, Franco escribió a Pilar y Miguel Primo de Rivera para ofrecerles la nueva basílica "como el lugar más adecuado para que en ella reciban sepultura los restos de vuestro hermano José Antonio, en el lugar preferente que le corresponde entre nuestros gloriosos Caídos".
En la mañana del 30 de marzo, miembros de la Vieja Guardia de Falange y de la Guardia de Franco se turnaron en el traslado del féretro desde El Escorial al Valle de los Caídos. Lo depositaron al pie del altar mayor de la cripta, bajo una losa de granito con la inscripción "José Antonio". Era el lugar para su "eterno reposo", como lo tituló el reportaje del No-Do.

Ha pasado casi medio siglo desde la inauguración oficial de ese monumento y la historia de la Guerra Civil y de la dictadura de Franco continúa persiguiendo nuestro presente. Estamos en tiempos de recuerdo y de reinterpretaciones, opiniones infundadas y discusión pública. Qué hacer con el Valle de los Caídos, se preguntan muchos. Tras realizar una minuciosa investigación sobre esa historia, visité hace unos días la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en una mañana fría y soleada, para contrastar mi información con la que allí podía obtener.

Lo primero que constaté es que, efectivamente, el monumento ha desafiado al tiempo y al olvido. En la información que se ofrece al turista a la entrada puede leerse que fue construido "por iniciativa del anterior jefe del Estado, Francisco Franco, como símbolo de paz y como última morada de las miles de víctimas de la Guerra Civil Española (1936-1939)". En la guía que adquirí en la tienda de recuerdos, publicada por el Patrimonio Nacional en 2007, se insiste en esa idea: es un Monumento Nacional a los Caídos durante la Guerra Civil y a Franco se le presenta siempre como "el anterior jefe del Estado".

Los restos de esos miles de víctimas de la Guerra Civil están depositados, según puede leerse, tras los muros de las seis capillas situadas en la gran nave de la cripta y en las dos capillas que se encuentran en los brazos laterales del crucero. La inscripción que consta en una de estas dos últimas, en la capilla del Sepulcro, resulta menos ambigua: "Caídos por Dios y por España 1936-1939. RIP".

Durante los últimos meses de 1958 y los primeros de 1959 llegaron al Valle de los Caídos los huesos de miles de personas enterradas en los cementerios madrileños de Carabanchel y de la Almudena y en fosas comunes de otros cementerios de provincias. Los monjes benedictinos, a quienes se les había otorgado el cuidado de la abadía, recibían las arcas con los huesos y anotaban las referencias que constaban de esos muertos. Su número exacto e identidad es un secreto. Daniel Sueiro, en la investigación más detallada que existe sobre la historia del Valle de los Caídos, publicada en diciembre de 1976, escribe que a comienzos de 1959 habían sido enterrados bajo esa cripta "unos veinte mil fallecidos en la pasada guerra", que pudieron llegar a setenta mil a finales de la dictadura.

Quise ver esos libros de registro de entrada de los "caídos" y me dirigí a la biblioteca del Centro de Estudios Sociales, situada en la Hospedería, en la explanada posterior del monumento.
Un conserje me indicó que no había allí ninguna biblioteca y, como insistí y le recordé que estábamos en un recinto custodiado por el Patrimonio Nacional, me dijo que tenía que ir a hablar con los monjes benedictinos. Pregunté en la abadía por el bibliotecario, quien, tras una breve conversación sobre los fondos disponibles, me acompañó a la Hospedería y le pidió la llave de la biblioteca al conserje. La biblioteca, que contiene miles de libros de historia y sociología, huele a cerrado y abandono. Pregunté por los libros de registro y el bibliotecario, señalándome el armario, me dijo que estaba cerrado, que no tenía la llave, que no se sabía el número exacto de inscritos porque nadie había hecho el recuento, que muchos de los registrados aparecían sin identidad y que, en cualquier caso, había otros libros, que él tampoco sabía dónde estaban, que podrían arrojar luz a la investigación. "Debería usted hablar con el abad, pero no se encuentra hoy en la abadía", dijo.

Abandoné el recinto y de regreso a Madrid, con la cruz todavía visible en lo alto del risco de la Nava, pensé en qué hacer con el Valle de los Caídos. Dejarlo como un lugar de memoria y enseñarles a quienes lo quieran oír o leer que los restos del general que lo mandó construir reposan allí desde el 23 de noviembre de 1975, como él había previsto y soñado, bajo una losa de granito, detrás del altar mayor de la cripta, enfrente de la tumba de José Antonio. Franco ideó el monumento, y así se hizo, para inmortalizar su victoria en la Guerra Civil y honrar sólo a los muertos de su bando, aunque se montara después la farsa de trasladar también allí los restos de algunos "rojos" muertos o asesinados durante esa guerra.

También les enseñaría que, acabada ya la guerra, mientras se construyó ese monumento, "símbolo de paz", Franco presidió una dictadura que ejecutó a no menos de cincuenta mil personas y dejó morir en las cárceles a varios miles más de hambre y enfermedad, convirtiendo a la violencia en una parte integral de la formación de su Estado. Y recordaría, en el recinto ideal para recordarlo, que la Iglesia Católica, recuperados sus privilegios y su monopolio religioso tras la guerra, se mostró gozosa, inquisitorial, omnipresente y todopoderosa al lado de su Caudillo. Eso representa el Valle de los Caídos, la espada y la cruz unidas por el pacto de sangre forjado en la guerra y consolidado por los largos años de victoria.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. El País, 20-XI-2007