jueves, 17 de noviembre de 2011

La hipoteca que deja el PSOE

El Gobierno admite a cuatro días de la cita con las urnas que España crecerá cinco décimas menos de lo previsto y que la reforma laboral que aprobó ha fallado

A tan sólo cuatro días de las elecciones generales, el Gobierno reconoció ayer que incumplirá el objetivo de crecimiento para este año, fijado en el 1,3%, y que España crecerá en un «entorno» del 0,8%.
Así lo sostuvo ayer el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, en la valoración de los datos del PIB del tercer trimestre publicados por el INE y que reflejan un estancamiento de la actividad económica en esa parte del año, con un crecimiento nulo del 0,0% en tasa intertrimestral, dos décimas menos que en el trimestre anterior.
Las declaraciones de Campa sorprendieron ayer al ser el primer miembro del Gobierno que reconoce una desviación en las proyecciones oficiales. «Con los datos que tenemos hasta ahora y las perspectivas de lo que son nuestras fuentes de crecimiento y de cómo evoluciona la economía mundial, lo lógico es esperar en este trimestre –el cuarto, que va de octubre a diciembre– que tengamos un crecimiento similar a los que hemos tenido hasta ahora. Por lo cual, el crecimiento medio del año estará próximo a lo que estamos ahora, el 0,8% en tasa interanual», afirmó Campa.
El Gobierno era el único entre los organismos internacionales, expertos y servicios de estudios que seguía manteniendo el crecimiento económico en el 1,3%. Este es el legado que dejará el Ejecutivo socialista al próximo gobierno que salga de las urnas el próximo domingo.

En 2004, cuando José Luis Rodríguez Zapatero llegó al poder España crecía a tasas del 4%.
La caída del crecimiento afecta a los ingresos y como consecuencia al objetivo de déficit que el Gobierno fijó en el 6% para 2011 y deja hipotecadas las cuentas del futuro ejecutivo.
Al respecto, Campa insistió en que es «prioritario e incondicional» alcanzar ese objetivo.
La responsabilidad la tienen las comunidades autónomas, aseguró Campa, cuyo déficit asciende hasta el momento al 1,2% cuando el objetivo para todo el año es del 1,3%, ya que la Administración Central cumplirá su parte, añadió el secretario de Estado. En tasa anual, la economía, que se ha beneficiado del cambio metodológico contable (Base 2008) registró un crecimiento del 0,8%, el mismo que el trimestre precedente. De no haberse producido este cómputo, el crecimiento respecto al año anterior hubiera sido inferior en una décima, es decir, se habría situado en el 0,7%. Campa calificó este crecimiento de «débil», lo que impide, en su opinión, la recuperación económica. «La economía sigue lastrada por el ajuste en la construcción y la consolidación fiscal», añadió el secretario de Estado, lo que ha drenado el crecimiento en cinco puntos.
A pesar de que el ministro de Fomento, José Blanco, culpó la semana pasada del estancamiento económico a la desaceleración de la actividad en Europa, las cifras apuntan que ha sido el sector exterior el que ha evitado una mayor contracción del PIB, con una aportación al crecimiento de dos puntos porcentuales. Por el contrario, han sido la demanda nacional y el recorte del gasto en las administraciones públicas las que restaron crecimiento.
La demanda nacional tuvo una aportación negativa de 1,2 puntos, mientras que el consumo de las administraciones públicas se contrajo un 2,3% frente al 1,7% del segundo trimestre.
El empleo descendió a un ritmo interanual del 1,9%, ocho décimas más que en el segundo trimestre, lo que supone una reducción neta de más de 326.000 empleos en un año. Por contra, las horas trabajadas aumentaron (un 1,5% la jornada media a tiempo completo), lo que incidió positivamente en la productividad que se incrementó siete décimas, hasta el 2,7%. Campa atribuyó este fenómeno a que los empresarios «utilizan a los trabajadores con más intensidad en vez de contratar mano de obra nueva» y que por lo tanto la reforma laboral «no ha sido capaz de hacer una asignación correcta del trabajo a través de los trabajadores», añadió. (Fuente ABC)

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Hoy peor que ayer pero mejor que mañana.




Dos formas de ver el vaso vacío.

Rajoy ve imprescindible un cambio de Gobierno y de políticas que se ganen la confianza de Europa y Pérez Rubalcaba culpa a la UE y el Banco Central

Lo que va a dejar el Gobierno socialista al concluir esta IX legislatura no parece que vayan a quedar muchos bienes que transmitir, el comandante no comanda desde hace tiempo y su equipo de lucha no ha estado a la altura de la gesta.
A cinco días de las elecciones, la situación financiera de España y los españoles, y su crédito, se agravan con cifras cercanas a la zona del rescate europeo: ayer al Tesoro le salió carísimo colocar la deuda, tanto como no hacía 14 años que le costaba, y la prima de riesgo alcanzó su máximo histórico: 457 puntos respecto al bono alemán. Como las calamidades nunca vienen solas, también supimos que los precios subieron en octubre un 0,8 %.

Cien millones al día
Por tanto, dinero más caro fuera y dentro, menos dinero en los bolsillos.
El legado que va a dejar el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero se envenena y lo peor es que todos los días son iguales: a uno con malas noticias le sigue otro con noticias malas. Ese es el único cambio. Basta con asomarse desde la cima de la deuda para sufrir el síndrome de Ménière o cualquier otro vértigo periférico: España gasta 100 millones de euros al día en financiar la montaña de dinero que debe.
El maremoto europeo y sus gigantescas olas anegaron la campaña. No podía ser de otra manera ante las malas noticias que llegaban desde Bruselas.
Mariano Rajoy resumió, en un acto celebrado en Santander, la endiablada espiral: «A los españoles les cuesta mucho más financiarse que a un alemán, un francés o un holandés, algo que también le sucede a las empresas, que están en una situación de inferioridad descomunal frente a las del resto de Europa. Esto hace que les cueste producir más, produzcan menos y haya menos empleo».
Su conclusión es que «España necesita un cambio de políticas económicas y un Gobierno que no cree divisiones ni peleas sino que convoque a todos para sacar esto adelante». Ese es el mensaje del PP, romper con la desconfianza que —a su entender— ha generado la gobernación de los socialistas.

El candidato del PSOE no cree que la tunda diaria europea a los intereses españoles se solvente con un cambio de Gobierno, ni que se trate de una cuestión de liderazgo.
La culpa la tienen —proclama— «la UE y su Banco Central que están enviando a los inversores toda suerte de mensajes de falta de confianza en Europa». Es —dice— una cuestión de tener más firmeza. Y de gastar (el «3 en 1» preferido por los socialista), sobre todo de gastar «lo que haga falta y no sólo un poquito para no permitir más ataques al euro».
Lo dijo ayer en el Círculo de Bellas Artes, donde le acompañaron Carlos Solchaga y Javier Solana (la renovación no se detiene) para suscribir los presuntos parabienes que le esperan a España si Rubalcaba tiene oportunidad de llevar a La Moncloa su «Nueva política económica para España y Europa», después de sus casi seis años en el Gobierno.
«El futuro nos tortura y el pasado nos encadena, he aquí por qué se nos escapa el presente». Rubalcaba anda estos días enredado en la famosa cita de Gustave Flaubert, que le encaja como un guante a su circunstancia. Ayer fue incapaz de dar una pista de lo que hará el día 21 y de garantizar que pase lo que pase en las urnas él intentará dirigir la oposición y la nave socialista. Tres veces fue preguntado por ello, en Onda Cero, y tres veces se marchó de excusión por Úbeda.
No es fácil su posición, porque de perder lo único que podrá exhibir ante el partido es una credencial como diputado en el Congreso por Madrid, escaso bagaje para lo que podría requerir un proceso cercano a la refundación del partido, que en siete meses habría perdido prácticamente todo el poder. Voces dentro del PSOE alertan de que hay más de uno (y de una, en especial) que le está esperando para ajustar cuentas recientes.
La pelea interna se promete apasionante y digna de un legado. Es decir, de todo un equipo de lucha libre.

martes, 15 de noviembre de 2011

Por qué no creo en las COMPETENCIAS BÁSICAS.

http://www.e-faro.info/
Muchas y muy intensas son las discusiones estos días en los claustros de nuestros institutos para tratar de hallar la cuadratura del círculo.
Me refiero a la confección de un documento o protocolo para evaluar, al término del presente curso, si todos y cada uno de nuestros alumnos han alcanzado o no las famosas competencias básicas.
La existencia comprobada de tales debates interminables, así como la ausencia absoluta de un modelo al respecto avalado por la Administración, que nos ha regalado (de manera un tanto sospechosa, pues no se suele caracterizar precisamente por consultar a los docentes antes de tomar sus decisiones) la posibilidad de gestionar nosotros mismos este galimatías, harían pensar a cualquier neófito en el asunto educativo que dicho objetivo sea acaso más difícil de lo inicialmente pensado.
Y de hecho, no es que sea difícil: sencillamente, es imposible.
Un altísimo porcentaje de los profesores (también lo he comprobado) sospechan que esto de las competencias básicas, que tan bonito suena, es en realidad un disparate. Se lo dicta su experiencia y su sentido común, aunque no siempre resulte fácil explicarlo. Y no me extraña. La verdad es que suena bien. Es como una meta superior, un ir más allá, algo así como olvidar la importancia aburrida de las arcaicas asignaturas de toda la vida para centrarse en un objetivo más noble, cual es una especie de formación integral de los alumnos que los lleve a ser “capaces”.
Y, con todo, el tinglado de las competencias básicas es un sinsentido como tantos otros de nuestro actual sistema educativo. Trataré de argumentarlo en tres puntos, que expondré por orden inverso de importancia.

En primer lugar, deberíamos entender algo que a buen seguro no se les escapa a los profesores de física: en cualquier ámbito de la vida, cuando trato de evaluar en unidades distintas a aquellas en las que mido, el resultado siempre es absurdo.
Pondré un ejemplo:
muchas de las empresas de suministro de agua contabilizan el consumo en metros cúbicos, que es lo que mide el contador, pero tarifican en tramos de diez.
Así, una persona que a base de concienciación y esfuerzos ahorre agua y gaste, pongamos por caso, tres metros cúbicos al mes, pagará lo mismo que un vecino derrochador y desconsiderado que deje los grifos abiertos y llene su jacuzzi todas las noches, consumiendo nueve.
Miento: el primero pagará mucho más, pues a él cada litro le costará, comparativamente, el triple que a su vecino.
Es decir, si se mide en metros cúbicos, se debería cobrar en metros cúbicos, y si se desea tarificar de diez en diez, debería medirse igual. Lo contrario nos lleva siempre a situaciones disparatadas como la expuesta.
Lo mismo sucedía antes con las tarifas telefónicas, en las que se contaban segundos pero se cobraban minutos.
Pues bien, cuando todo el sistema educativo se basa en asignaturas (sí, ya sé que ahora se debe decir “áreas” o “materias”, pero si no me creo el tinglado de las competencias básicas permítanme que tampoco me trague el cuento de las nomenclaturas innovadoras), es simplemente absurdo tratar de evaluar por competencias.
Si se quiere evaluar así, habrá que organizar la docencia entera por competencias: ojo, la docencia entera, no solamente la programación.
Debería existir la asignatura de “aprender a aprender”, así como la de “interacción con el mundo físico”, y sus respectivos departamentos y especialistas. Sin embargo, no es así.
Pero no crean que el sistema, como parecen querer transmitir los pedagogos, se basa en asignaturas porque seamos arcaicos y no queramos adaptarnos a los nuevos tiempos: no, el sistema se basa en asignaturas porque es en lo que tiene que basarse, como ocurre desde que existe la educación y como luego argumentaré.
Esta primera paradoja da pie a muchas de las situaciones que se están planteando estos días en los claustros, que tantas discusiones provocan y que los profesores se ven incapaces de solucionar (lógicamente, pues no se puede solucionar algo que es absurdo), como podría ser que un alumno tuviese suspendida la asignatura de lengua pero aprobada la competencia lingüística.
Es decir, que fuese incompetente en aquello en lo que es competente.


En segundo lugar, la pretensión de evaluar a un alumno de secundaria por sus competencias, si echamos un vistazo a la redacción de cualquiera de ellas, suena realmente a fuegos de artificio, casi a estafa.
Pretender, por ejemplo, que tras cuatro años recibiendo clases de cálculo, geometría, álgebra, ecuaciones y sistemas, funciones, estadística, trigonometría y un largo etcétera de contenidos por parte de profesionales especializados, un joven de dieciséis años deba simplemente “poseer habilidad para utilizar y relacionar números, sus operaciones básicas y el razonamiento matemático para interpretar la información, ampliar conocimientos y resolver problemas tanto de la vida cotidiana como del mundo laboral”, es decir, saber poco más que los números, hacer cuentas básicas y calcular cuántos billetes y monedas debe darle a la cajera del supermercado es, simple y llanamente, ridículo, así como un insulto al alumnado, a sus familias y a la labor de los profesores.
De hecho, las competencias no deberían ser los objetivos de una educación secundaria seria sino, en muchos casos, las bases de arranque de la misma. Manejar los números, las cuatro operaciones básicas y una cierta capacidad de razonamiento lógico es lo mínimo que debería exigirse en matemáticas a un alumno que ingresa en primero de la ESO.

Finalmente, y como argumento más decisivo, diremos que la concepción de las competencias básicas como objeto de aprendizaje y evaluación es una absoluta falacia en cuanto que son una generalidad, y no se puede ni dar clase ni evaluar generalidades.
Las generalidades están bien para entendernos, como recurso del idioma, pero en la vida real deben concretarse, desmenuzarse y materializarse en pequeñas partes identificables, explicables y aplicables, porque todo el saber, en general, se plasma en saber hacer cosas concretas. Y, por supuesto, evaluables. Veamos otro ejemplo. Todos estaremos de acuerdo en que la cocina de Ferrán Adriá es excelente. Es un buen cocinero. Tendría aprobada la competencia “saber cocinar”. Ahora bien, ¿qué significa exactamente eso de “saber cocinar”? ¿Que sus tortillas son muy ricas? ¿Que deja la pasta al dente? ¿Que da a sus platos perfectamente el punto de sal? Pues sí, todo eso, y cientos de cosas más. Cuando afirmamos que ese hombre es buen cocinero, estamos afirmando que hace bien muchísimas cosas concretas que configuran el arte gastronómico, tantas que, por brevedad, debemos usar una expresión generalista como es “saber cocinar”. Ahora bien, usamos esa expresión simplemente para entendernos, pero de ninguna manera le damos rango de estructura de aprendizaje. De la misma forma, cuando Ferrán Adriá fue a la escuela de cocina no le enseñaron a “saber cocinar”, así, de golpe, en una asignatura que tuviese ese nombre. No, le enseñaron a identificar la calidad de los alimentos (atención: uno por uno, no la de “todos” los alimentos en general), su comportamiento frente a los diferentes tipos de cocción, las operaciones mecánicas y químicas, la confección y presentación de los platos y muchísimas cosas más que hubo que desmenuzar en asignaturas diversas, a su vez divididas en temas y estos en epígrafes, y con montones de ejercicios prácticos. Y, por descontado, cada una de ellas impartida y evaluada por el correspondiente especialista. Así se pueden enseñar cosas, pueden ser asimiladas por los alumnos y podemos evaluarlas los profesores. Y, como consecuencia de todo ello, el señor Adriá ahora “sabe cocinar”.

La enseñanza se ha articulado siempre en asignaturas concretas porque la vida real se plasma en cosas concretas, no en vaguedades como capacidad del alumno para buscar, obtener, procesar y comunicar información y trasformarla en conocimiento, o capacidad de utilizar correctamente el lenguaje tanto en la comunicación oral como escrita.
La última versión de este desvarío es pretender que, en realidad, lo que ocurre es que los profesores “enseñamos mal” las asignaturas y por eso luego se verifica que los alumnos no saben aplicar sus conocimientos, es decir, son “incompetentes”.
Idea bastante peligrosa que lleva a afirmar cosas tan insensatas como que los contenidos son secundarios y lo que importa es ser competente, como si ello fuera posible (vamos, que no hay que empeñarse en que los alumnos aprendan la tabla de multiplicar, mientras puedan hacer las cuentas aunque sea con los dedos: la mediocridad elevada al rango de objetivo de aprendizaje).
(Me pregunto si quienes pregonan tales desvaríos estarían dispuestos a aplicarlos sobre sus propios hijos, permitiendo que terminen la primaria sin saber, por ejemplo, las tablas de multiplicar).
Lo más curioso es que estas corrientes en ningún momento se plantean que si existen alumnos que terminan la ESO sin desarrollar sus competencias es, a lo mejor, porque un sistema ingenua y absurdamente garantista permite que pasen de curso con todo suspendido jóvenes que, por las razones que sea, no tienen el mínimo interés en aprender lo que allí se les ofrece. Es decir, que no saben hacer nada porque simplemente no han aprendido nada, y no porque el sistema de asignaturas sea un error pedagógico. A buen seguro, si el sistema aparcase sus dogmas buenistas de cuento de hadas y ofreciera alternativas educativas realistas a estos alumnos por la vía de la preparación profesional, brillarían sus talentos y se demostraría con claridad meridiana cuál es el verdadero error pedagógico.

Hay quien argumenta, finalmente, que lo que ocurre es que las competencias precisan una minuciosa concreción curricular, especificando punto por punto qué se va a enseñar en cada momento y cómo se va a evaluar.
Me parece perfecto, pero ese es exactamente mi argumento número uno: que eso ya se hace con las asignaturas, y si las que hay no nos gustan, habrá que inventar asignaturas nuevas o mejorar las existentes, pero no enseñar a través de unas y evaluar a través de otras.
Las competencias, en cualquier ámbito educativo, se desarrollan, indefectiblemente, cuando un sistema educativo basado en asignaturas con contenidos bien escogidos, ordenados y estructurados y a través de profesores especialistas motivados y bien entrenados (con metodologías más antiguas o más modernas), enseña cosas concretas a unos alumnos que trabajan adecuadamente en el aula (porque el sistema así lo propicia) y los evalúa paulatinamente de sus avances.
Si los alumnos demuestran que saben hacer bien al menos la mitad de las cosas que se les han enseñado, se les considerará aprobados en la asignatura.
Y un alumno que aprueba todas las asignaturas tendrá las competencias desarrolladas, porque no puede ser de otra forma. Mejor o peor, porque todos somos distintos y el talento también existe, pero será competente. No todos los que salieron de la escuela de cocina son tan geniales como Ferrán Adriá, pero sin duda a todos se les puede aplicar la generalidad de “saber cocinar”. De la misma forma no todos los dentistas son igual de buenos, pero en cualquier caso todos ellos llegaron al conocimiento que avala su título a través del aprendizaje de miles de cosas concretas de las cuales fueron evaluados. Exactamente igual que cuando toda persona aprende cualquier cosa, desde tenis hasta física cuántica: el conocimiento se desmenuza, se divide y se concreta.
No se puede enseñar a un alumno “competencia matemática”, “competencia para la interacción con el mundo físico” o “competencia artística”, ni evaluarlo de esas competencias ni de ninguna otra. Se le pueden enseñar y evaluar las tablas de multiplicar (una por una), las operaciones (una por una y a base de hacer docenas de ejercicios), a resolver problemas de diversa índole, los estilos artísticos, las notas musicales, la ley de la gravedad, la condensación de vapor de agua en las nubes y una larguísima serie de cosas concretas al final de las cuales, si el sistema es serio y el alumno ha aprobado por méritos propios y no ha pasado de curso por imperativo legal, será competente, no lo dudemos.
Lo demás es buscar tres pies al gato y, lo más peligroso, es echar balones fuera acerca del verdadero origen de nuestro fracaso escolar.
Ignacio Rodríguez Alemparte.
Profesor de Tecnología en el IES Guaza. Tenerife.
Secretario del IES Guaza para el período 2011-2015

sábado, 12 de noviembre de 2011

Dueño de mis emociones.



Hoy seré dueño de mis emociones.
Si me siento deprimido, cantaré.
Si me siento triste, reiré.
Si me siento enfermo, redoblaré mi trabajo.
Si siento miedo, me lanzaré adelante.
Si me siento inferior, vestiré ropas nuevas.
Si me siento inseguro, levantaré la voz.
Si siento pobreza, pensaré en la riqueza futura.
Si me siento incompetente, recordaré éxitos del pasado.
Si me siento insignificante, recordaré mis metas.

Hoy seré dueño de mis emociones.
Si se apodera de mí la confianza excesiva, recordaré mis fracasos.
Si me siento inclinado a entregarme con exceso a la buena vida, recordaré hambres pasadas.
Si siento complacencia, recordaré a mis competidores.
Si disfruto de momentos de grandeza, recordaré momentos de vergüenza.
Si me siento todopoderoso, procuraré detener el viento.
Si alcanzo grandes riquezas, recordaré una boca hambrienta.
Si me siento orgulloso en exceso, recordaré un momento de debilidad.
Si pienso que mi habilidad no tiene igual, contemplaré las estrellas.

En definitiva, hoy seré dueño de mis emociones.

En este mundo traidor nada es verdad ni mentira...



Un mundo sin líderes

Enrique Rojas.
EL MUNDO, 11/11/11.

Vivimos en un mundo sin líderes. Bueno, casi sin líderes.
La palabra procede del inglés leader, que significa guía, el que va delante dirigiendo a un grupo, el que conduce y abre camino. Se trata de una persona que ocupa un primer plano en la sociedad y que ejerce una función de cierta autoridad.
En los últimos años, los líderes se han difuminado. En esta sociedad líquida, en donde todo se mueve, gira, salta, oscila y pierde consistencia, son los deportistas de élite, especialmente los futbolistas, los que ocupan ese papel.
(...) Es evidente que existen otros ámbitos en donde asoman personas destacadas: la política, la economía, el arte en sus más diversas facetas, la cultura… pero ya el nivel de resonancia ha bajado muchos enteros.
Una gran mayoría de políticos no tienen prestigio. En estadísticas recientes en el seno de la Unión Europea, son los personajes peor valorados. La aparición incesante de sus figuras en los medios de comunicación es cansina, agotadora, sin alma, repitiendo las mismas consignas una y otra vez. Se salvan algunos, por fortuna, que tienen mensaje y ejemplaridad.
(...) cuando uno se encuentra con alguien que tiene un verdadero liderazgo, ha hallado un tesoro.
(...) Quiero poner sobre la mesa las principales características que debe tener un líder, según mi óptica personal:
En primer lugar, debe tener una personalidad fuerte y atrayente. Los psiquiatras sabemos que la primera tarjeta de visita de alguien es su forma de ser.
(...) Pero por encima de los matices de su estilo, lo que se abre paso entre otros rasgos psicológicos es su fuerza, su capacidad de seducción, que es una mezcla de hechizo, admiración, carisma, simpatía, señuelo, reclamo, cordialidad, que nos arrastra y nos empuja hacia él. Es como un imán que nos atrae, siendo capaz de llevar a su terreno a mucha gente y convencerla con sus ideales.
Son ese tipo de personas que sirven de modelos de identidad y que muestras estos signos aproximadamente: buena ecuación entre corazón y cabeza, humanidad (no servirse del otro para subir), tener un proyecto de vida sólido con sus grandes argumentos vivos y coleando, como un rayo de sol que entra oblicuo por la ventana, haciendo brillar sus contenidos, capacidad para superar las adversidades y reveses de la vida y tener una positiva filosofía de vida.

En segundo término, debe tener coherencia, que entre la teoría y la práctica de su vida exista proporción. Entre lo que dice y lo que hace ha de darse un equilibrio, conformidad entre el pensamiento y la realidad. Esa persona trata de vivir en la verdad: no se miente a sí mismo ni miente a los demás. Es una persona verdadera. Trata de no tener varias caras, sino que lucha, aspira, pretende ser uno, no mostrar diferentes personalidades según el ambiente en el que se encuentre. Es coherente el que carece de contradicciones fuertes o que, al menos, pone todo su empeño en que se desdibujen y pierdan solidez. Los cazadores de tesoros marinos tienen aquí buena presa. En una palabra, sinceridad de vida.

Tercero: después hay que señalar que estas personas tienen autoridad.
(…) Es el arte de saber dirigir (sin querer hacerlo) y de hacerse obedecer. (…) la autoridad es la superioridad poseída por méritos propios y que es seguida por muchos. Supremacía, dominio, mando.
Los clásicos distinguían dos ideas: auctoritas por un lado y potestas, por otro. La primera es señorío, jefatura, imperio, prestigio, estimación y ser escuchado y observado para aprender, lo que determina que es capaz de proponer unos criterios, una doctrina o forma de vida que la gente acata.
La segunda es importancia para decidir, jurisdicción, otorgamiento… es el que manda y por eso tiene poder. Y una vez suspendido en sus funciones, desaparece en poco tiempo. Lo decimos muchas veces en el lenguaje coloquial, cuando alguien ha dejado su cargo a fulanito se lo ha tragado la tierra, ha desaparecido, está en los cuarteles de invierno… ha perdido poder y ya no es influyente. Sucede muchas veces en personas que tienen poder pero no autoridad. El que sólo tiene poder manda pero no gobierna. La mirada largamente adiestrada en el análisis de las personas se detiene aquí para espigar un verdadero modelo de identidad.

Cuarto: el líder tiene capacidad para contagiar entusiasmo, positividad y alegría.
Su mirada aletea por encima de las dificultades y conflictos y es capaz de transmitir una visión optimista. No olvidemos que el pesimismo goza de un prestigio intelectual que no merece.
El líder es una persona admirada en quien la gente confía, con capacidad de convocatoria y fuerza para ilusionar.
El mundo está sumergido en una profunda crisis económica de proporciones gigantescas, es cierto. Es incluso una situación más grave que la vivida durante la Gran Depresión del año 29. Pero esta coyuntura pasará, sin duda, aunque deje notas dibujadas de melancolía rizadas de incertidumbres y alargadas en el tiempo. Un buen líder debe ser entusiasta y ser capaz de embarcarse en empresas grandes, donde el ser humano vibra y mira hacia el futuro superando las derrotas del pasado. Ser positivo es intentar poblar la mirada de lo mejor, fijarse más en lo bueno que en lo malo. La alegría es un sentimiento de contento, un paisaje interior de buen ánimo, que es el resultado de objetivos pequeños que ha sido alcanzados. La alegría está por encima del placer y por debajo de la felicidad. La felicidad es un resultado: es una síntesis de que los grandes temas de la biografía tienen un resultado relativamente ascendente.

Por último, en quinto lugar, el líder es capaz de mostrar en público sus ideas y creencias, huyendo de lo políticamente correcto. La mirada de los observadores se posará silenciosa y atenta sobre alguien que tenga el coraje de expresar lo que lleva dentro, aun a costa de caer mal o alejarse de lo que la mayoría espera que diga. Este punto es conflictivo. Y difícil de llevar a cabo. Toda persona tiene dos facetas superpuestas: la vida privada y la pública, la que es íntima y la que enseñamos a los demás. Pero el líder es escrutado por la gente y ésta se cuela en los pasadizos de su ciudadela interior, formándose de él una imagen que resume su figura. Hoy, los periodistas de investigación se adentran en el líder político para desguazarlo, para dejarlo al desnudo y mostrar las más de las veces sus incongruencias y errores. Vivimos tiempos difíciles, en donde los medios de comunicación lo manipulan todo y uno queda a merced de una información que va y viene y que le deja a uno perdido, sin hacer pie y sin saber a qué atenerse. El líder debe saber moverse en ese terreno resbaladizo, viscoso, etéreo, desdibujado, en donde no es fácil moverse tal y como están las cosas. A esto se le podría llamar autenticidad.
El liderazgo no está en ninguna constitución escrita. Para ser líder es necesario un profundo sentido moral. La moral es el arte de vivir con dignidad; el arte de usar de forma correcta la libertad. Y oteo en el horizonte tres figuras estelares de abajo hacia arriba: el profesor, el maestro y el testigo.
El profesor enseña una asignatura, explica una materia y es importante que lo haga bien. El maestro enseña lecciones que no vienen en los libros, su magisterio se esconde tras sus palabras y sus gestos; al alumno avezado le gustaría parecerse a su maestro, hay algo sumergido en su conducta que le atrae como un imán y le lleva a buscar el porqué de esa conducta. El testigo es una lección abierta de vida, un ejemplo a seguir, en donde uno puede ver alguien con una vida llena de sentido, clara y atractiva, que invita a seguirla de alguna manera. Nuestra sociedad necesita más testigos que maestros. Vidas verdaderas que empujan a ir detrás de ella: trazos, pinceladas, barnices y veladuras nos arrastran a imitarla. Todo se desliza en un parpadeo sostenido que nos lleva de la mano hacia esa persona superior.
Una bandera ondea llena de vigor en el mástil y un centinela recuerda la enorme importancia de ser verdadero en un mundo atrapado por la permisividad y el relativismo.
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