viernes, 15 de julio de 2011

La academia asaltada

Vemos hoy que cualquier indigente mental u osado cantamañanas de la pluma, deriva el empleo de sus ocios
Maravillado –pero consternado– estoy, de que en esta nueva edad de oro de la cultura que aseguran nuestros angélicos políticos de uno u otro signo vivimos en Este país –antes, España– proliferen de tal modo los «historiadores», oficio trabajoso y delicado, cuyos dominio y maestría, jamás acaban de alcanzarse suficientemente, por ser materia tan compleja y sutil, al tratar de entender y explicar al hombre y las relaciones entre los hombres en el tiempo, como han subrayado en líneas hermosísimas los mejores especialistas de la disciplina, al insistir en investigar el objeto de sus análisis durante mil horas antes de intentarlo sintetizar en pocos minutos o renglones.
Porque, en efecto, vemos hoy que cualquier indigente mental u osado cantamañanas de la pluma, deriva el empleo de sus ocios –que mejor estuvieran aplicados a otros juegos o menesteres más a su alcance– a exhibir desvergonzadamente sus limitaciones cerebrales en la producción de novela histórica, describiendo con pasmosa ligereza y rapidez situaciones y personajes que no sólo se le escapan, sino que ni siquiera llega a rozar, solazándonos con estúpidos diálogos, donde fracasan, hermanadas en el naufragio, la literatura y la historia, a la explicación profunda y filosófica del pasado, como nuevo Ortega, o a vestir sus capacidades de cronista raso, con el uniforme y las medallas de historiador científico y riguroso.
Algo similar a lo que sucede, a favor del viento en popa de las facilidades editoriales propiciadas por la universalización de los ordenadores, en el campo de la vulgar narrativa o de la sublime poesía, donde cualquier absurdo engendro, sin matemática ni música ni sensibilidad ni vibración original alguna adquiere y luce los galones líricos de la edición, con daño evidente para los verdaderos poetas, obligados a compartir razonables desprecios de libreros y lectores, aburridos por tantas naderías o jeroglíficos.
Todos estos dislates, que suelen traducirse en una petulancia ineducada –¡ay, siempre la cuestión educativa, tan olvidada por los de la rosa o la gaviota!– por parte de las masas de tuerceplumas del verbo escrito, que con tanta comodidad adquieren honores publicísticos, graduación de escritores y hasta, a veces, el decisivo «reconocimiento» económico, convertible en «adelantos» de muchos miles de euros, que los convierten en «famosos», han alcanzado últimamente un nuevo nivel o bajado otro escalón.
Me refiero al ataque impúdico, u obsceno, como se prefiere decir, con impropiedad típica, hoy para mostrar mayor desdén, hacia la Academia a la que me honro en pertenecer, la de la Historia, «chiringuito» donde han terminado, con modesto premio merecido los más, sus días de esfuerzo historiográfico las «momias», como se complace en denominarnos el representante de una ideología caracterizada, además de por sus decenas de millones de asesinatos, que multiplican por veinte los perpetrados por la bestialidad de Hitler o el mísero Franco, por la aniquilación, también, de la libertad en el más implacable régimen de totalitarismo leviatánico que el hombre ha conocido, miserias realizadas normalmente por no menos repugnantes dictadores, en régimen de gerontocracia, es decir, protagonizado por momias como Stalin, Mao o, también, el «ejemplar» señorito Castro, propietario de una finca caribeña de doce millones de hectáreas, a una de cuyas fastuosas recepciones, tras haber concluido la máraton en barco con que conseguí un premio Guinness en 1985, me negué a asistir, por solidaridad con la miseria en que este fanático de una ideología inviable forzaba a malvivir a su pueblo.
Sin apresuramiento, que la insignificancia científica de la ofensiva, organizada, tal vez, desde oscuros centros de poder o frustraciones personales más o menos justificadas, tal vez, por esa obtusa forma de necedad, que tanto daño nos ha hecho a los españoles, de criticar con saña lo que no se ha leído o se desconoce, al objeto de ir reduciendo mi ira a la burla risueña, pues no más merece la insolvencia, ignorancias –algún brillante periodista, cuyo nombre callo por piedad, confundía, en su ferocidad televisiva, el reinado de los Reyes Católicos con el de Alfonso el Sabio, a quien colocaba en el siglo X, mientras explicaba nuestra académica incompetencia– y estupidez de las huestes que se han lanzado al asalto de la modesta institución, donde procuramos concluir nuestras vidas de estudio consagradas, con tanto deseo de acierto, a la historia de España, aunque a ellos les parezca sombría Bastilla en cuyo asalto y reparto de bienes y medallas se empeñan, armados con planteamientos tan agresivos como torpes y groseros.
El enorme esfuerzo que ha supuesto la edición en una decena de años de los 50 tomos del Diccionario de Historia de España de nuestra Academia (y en el que debo confesar humildemente que mi participación firmada ha sido mínima y recae en el siglo XVII, el que menos mal conozco) es obra cuya envergadura era de esperar que en Estepaís suscitase irritadas envidias como respuesta natural despechada.
La obra, de la que yo hubiera preferido eliminar el siglo XX, cuyos materiales hubieran dado lugar a otro segundo texto, es, como todo trabajo colectivo de cualquier dimensión, inevitablemente desigual, pues las personas, aunque otra cosa pretenda cierta candorosa ideología vigente, nacemos libres, pero desiguales en capacidades, que luego la vida disminuye o crece, según los casos, mientras sus enfoques sesgan siempre la imprescindible, por otra parte, interpretación del personaje y selección de la información pertinente, sin que me vaya a lanzar ahora al prolijo, superado, excepto para discusiones tribales, y multimillonario –en páginas– debate sobre la posibilidad, límites y hasta, inclusive, interés de la objetividad histórica que jamás puede ser un retrato fotográfico, sino una pintura inteligente del pasado, desde puntos de vista diferentes (B. Croce) y con colores distintos.
La información, los datos, es lo que sobre todo importa, no al lector, sino al consultor del Diccionario, y si en este aspecto, ciertos trabajos adolecen de candor o de impropiedad o identificación abusiva con el personaje, menos aún si en esta misma línea incorporan conceptos sociopolíticos en mayor o menor grado discutibles, más me parecen defectos que desprestigian al autor de la entrada, siendo tan evidentes, que al conjunto de las demás 43. 000 estudios biográficos.
En todo caso creo que la idea aprobada por la Academia, en prueba de buena voluntad, que hubiera sido inconcebible en otra institución similar, en el sentido de admitir colaboraciones complementarias o suplementarias sobre puntos controvertidos de nuestra historia reciente, a partir de la II República y Guerra Civil, que se recogerían en la segunda y al parecer inminente segunda edición del Diccionario, en su versión digital y hasta en algún tomo donde se editasen, como Apéndice, siempre enriquecedor, los estudios alternativos que sobre alguna voz concreta, por ejemplo, «Franco», se nos enviaren, con la extensión establecida.
Para concluir, deseo manifestar, con toda mi repugnancia, que arrojo indistintamente, sobre unos y otros, respecto a ese maniqueísmo historiográfico que con cínica hipocresía, dictamina objetividades y concede o niega rango científico a los trabajos históricos, según idénticos términos se apliquen a biografiados que coincidan o no con la ideología política del lector o crítico.
Dada la obvia imposibilidad de que la caverna española azul o negra que, «confesada y comulgada ataca al hombre», o colorada, admita estas elementales nociones democráticas sería magnífico y tranquilizador que los sectores radicales de la izquierda (concepto del que no acabo de entender contenido ni fronteras ante los horizontes de la segunda década del siglo XXI) «progresista» española, disecada en 1936 y con las garras aún de la Guerra Civil sin recortar, comprendiera que la idea de democracia, con su raíz liberal, exige la libertad y el respeto a las opiniones distintas a las nuestras que no se nos intenten imponer por la violencia.
JOSÉ ALCALÁ-ZAMORA Y QUEIPO DE LLANO ES MOMIA (ANTES MEDALLA) NÚM. 17 DE LA ACADEMIA DE LA HISTORIA.

El asesinato de Calvo Sotelo

Bajo el título de Una lamentable manipulación, Santos Juliá ha publicado un artículo sobre el que denomina "sesgado documental". El asesinato de Calvo Sotelo, del que soy director.
Contra lo que él plantea, en ningún momento se ha pretendido defender la tesis de que "la Guerra Civil fue la consecuencia del asesinato de Calvo Sotelo". Menos aún que dicho asesinato fuera "una acción decidida en el Ministerio de la Gobernación".
Una serie sobre la Guerra Civil exige hacer referencia al clima político de España en 1936. Para ello es adecuado recordar el asesinato de Calvo Sotelo, pues en él concurren circunstancias muy especiales. Prescindiendo de los "hay que arrastrarlos" y expresiones análogas que se le solían dirigir desde los escaños del Frente Popular, prescindiendo de su enfrentamiento con Casares Quiroga, lo cierto es que Calvo Sotelo fue amenazado de muerte en la sesión de Cortes del 1 de julio por el socialista Galarza. Días más tarde los agentes de su escolta fueron sustituidos por otros cuya misión no era protegerle.
En la madrugada del 13 de julio, miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado y militantes del PSOE se presentaron en su domicilio y le asesinaron. ¿Fue ello la causa de la Guerra Civil española? No.
La causa de la Guerra Civil española fue que en España existía un clima político que hacía posible que ocurriera todo cuanto llevamos descrito, incluyendo las numerosas muertes e incidentes que se producían en las calles, algo que Calvo Sotelo denunció repetidamente en el Parlamento.
El vídeo deja constancia de que la conspiración estaba en marcha desde hacía varios meses. Ahora bien, yo soy de quienes, como el militar republicano Pérez Salas, pensamos que el conflicto pudo evitarse si después del asesinato hubiera habido una "rápida y enérgica intervención del Gobierno" que diese la impresión de que "se hallaba dispuesto a terminar con el terrorismo de cualquier parte". No fue así, y aquel crimen, que pese a ser la mejor prueba del caos existente pudo ser la última oportunidad para evitar la guerra, sirvió para que se sublevaran los indecisos. ALFONSO BULLóN DE MENDOZA El País. 15/07/2011

Una lamentable manipulación
Telemadrid estrena el sesgado documental 'El asesinato de Calvo Sotelo'
SANTOS JULIÁ 13/07/2011

La catástrofe provocada por la rebelión militar de julio de 1936, y por la Guerra Civil que fue su consecuencia, alcanzó tales proporciones que, desde su misma ocurrencia, se le han buscado las causas más variopintas, desde el carácter cainita de los españoles hasta las división metahistórica de España en dos.
El primer capítulo de una serie de 13 entregas, que se estrenó anoche en Telemadrid con motivo del 75º aniversario de su comienzo, olvida todas estas zarandajas y va derecha a su objetivo: mostrar que la Guerra Civil fue la inevitable consecuencia del asesinato de Calvo Sotelo por los socialistas.
La Guerra Civil, según Alfonso Bullón de Mendoza, director y guionista de la película, comienza la noche en que unos agentes de la autoridad, estrechamente vinculados al PSOE, secuestran en su domicilio al diputado Calvo Sotelo y lo matan de dos disparos en una camioneta de la sección de Asalto de la Policía Gubernativa: ahí están las imágenes de la dramatización del secuestro seguidas de imágenes de documentales de la guerra para demostrarlo; una cosa sigue a la otra sin solución de continuidad.
Se silencia que entre el crimen y la guerra medió una rebelión militar.
Esta manipulación de la historia comienza por silenciar que entre el asesinato de Calvo Sotelo, en las primeras horas del 13 de julio de 1936, y la Guerra Civil medió una rebelión militar que se venía preparando desde el mismo día del triunfo electoral de la coalición de izquierdas, el 16 de febrero del mismo año. Pero si desaparece la conspiración, es lógico que desaparezcan también los tratos que Calvo Sotelo y su partido mantuvieron desde el triunfo del Frente Popular con los militares que planeaban el golpe de Estado.
El responsable del guion, biógrafo de Calvo Sotelo, conoce bien sin embargo los contactos que su biografiado había establecido con el general Mola y con miembros de la Unión Militar Española, a los que prestó su apoyo y dio su conformidad para el golpe que estaban preparando. En esta ocasión, sin embargo, ha preferido silenciarlos, quizá porque introducían una desagradable complejidad en una narración construida al servicio de una única idea: presentar mendazmente el asesinato de Calvo Sotelo como una acción decidida en alto lugar, el Ministerio de la Gobernación, y transmitida a lo largo de una cadena de mando hasta sus ejecutores inmediatos, militantes del PSOE; una acción que, por tanto, hace inevitable una guerra civil sin necesidad de recurrir a la conspiración militar.
El asesinato de Calvo Sotelo y, más aún, si cabe, la clamorosa ausencia de su condena pública, nítida, sin ambages -y sin buscar una excusa en los asesinatos del capitán Faraudo y del teniente Castillo-por las autoridades republicanas y por los dirigentes del Partido Socialista, no pueden tener justificación alguna: lo primero fue un crimen y lo segundo un error que magnificó el crimen. Pero de ahí a vincular causalmente, por medio de la imagen y la palabra, la Guerra Civil con su comisión hay un salto que ningún historiador que no intente utilizar esa muerte para sus intereses políticos o ideológicos se atrevería a dar.

jueves, 14 de julio de 2011

El PSOE elabora sus carteles de propaganda con el 20-N como fecha electoral

La efeméride de la muerte del dictador Francisco Franco se perfila como la fecha para las próximas elecciones generales. El PSOE ya ha dado orden de elaborar carteles y material gráfico de propaganda con el 20 de noviembre como día electoral, por lo que parecen confirmarse las sospechas de que José Luis Rodríguez Zapatero no agotará la legislatura. El anuncio de la convocatoria electoral es una de las pocas cartas que le quedan en la manga a los socialistas, que tratan de sorprender al PP con el momento elegido para disolver las Cortes.
Pero según han informado a este diario fuentes dedicadas a la elaboración de los carteles propagandísticos del PSOE, la maquinaria electoral ya está puesta en marcha. “No vamos a tener vacaciones. Se va a trabajar todo el verano para tener listo a tiempo el material”, señalaron estas fuentes, que confirman el 20 de noviembre como la fecha elegida para los comicios desde Ferraz. A cuatro meses del día D, los socialistas necesitan ultimar los recursos para la campaña e iniciar la reserva de espacios publicitarios en vallas, mobiliario urbano y transportes públicos.

 Si bien el 20-N constituye una efeméride de notables connotaciones políticas, que puede ayudar a movilizar a parte del voto más fiel al PSOE, lo cierto es que las últimas semanas de noviembre han formado parte de las apuestas de diversos dirigentes socialistas. Por su parte, en la cúpula del PP se ha llegado a situar los comicios a finales de octubre.
Estas especulaciones forman parte de la guerra psicológica que mantienen los equipos de Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy para anotarse un punto con el anticipo electoral. En Ferraz esperan tomar por sorpresa a sus adversarios, mientras que en Génova repiten el mantra del adelanto como parte de su estrategia de desgaste al PSOE.

Hipérboles.

Hipérbole.

(Del lat. hyperbŏle, y este del gr. ὑπερβολή).
1. f. Ret. Figura que consiste en aumentar o disminuir excesivamente aquello de que se habla.
2. f. Exageración de una circunstancia, relato o noticia.

Rectificación:
(Del lat. rectificāre; de rectus, recto, y facĕre, hacer).
1. tr. Reducir algo a la exactitud que debe tener.
2. tr. Dicho de una persona: Procurar reducir a la conveniente exactitud y certeza los dichos o hechos que se le atribuyen.
3. tr. Contradecir a alguien en lo que ha dicho, por considerarlo erróneo.
4. tr. Modificar la propia opinión que se ha expuesto antes.
5. tr. Corregir las imperfecciones, errores o defectos de algo ya hecho.
6. tr. Electr. Convertir una corriente alterna en continua.
7. tr. Geom. Hallar una recta cuya longitud sea igual a la de una curva dada.
8. tr. Mec. Mecanizar una pieza con el fin de que tenga sus medidas exactas.
9. tr. Quím. Purificar líquidos por destilación.
10. prnl. Dicho de una persona: Enmendar sus actos o su proceder.

Las dos Españas no tienen sentido cuando el marco circundante, el europeo, nos invita a la unidad de acción.

MANUEL MARTÍN FERRAND. 14/07/2011
(...) la Guerra Civil Española lleva camino de alargar su resaca hasta que la crisis económica produzca un apagón general y las televisiones dejen de emitir, en lamentable alternancia, telediarios sesgados, basuras con pretensiones de divulgación histórica y lamentables espectáculos degradantes de la condición y la dignidad humanas.
El próximo lunes se cumplen setenta y cinco años del arranque de la fratricida contienda y, lejos de olvidarlo, insistimos en ello con saña improcedente. Lo que la Transición había conseguido, una reconciliación entre las partes, lo destruyó José Luis Rodríguez Zapatero con un afán revisionista y parcial de la barbarie. Sin venir a cuento y, supongo, a falta de ideas políticas de mayor enjundia y provecho, se puso a desenterrar cadáveres como un poseso en un patológico intento de honrar la memoria de su abuelo. De uno de ellos.
Ahora le toca el turno al otro bando.
Lejos de ahuyentar los viejos demonios familiares que nos empujan a una convivencia de garrotazo y tente tieso, Telemadrid acaba de estrenar una serie con pretensiones históricas —«El asesinato de Calvo Sotelo»— que insiste en el espíritu que motivó la contienda y del que, por lo que parece, no conseguimos liberarnos.
La serie, a juzgar por su primera entrega, es televisualmente mediocre, históricamente partidaria y políticamente inoportuna. Más aún en tiempos de tribulación y carestía en los que las televisiones públicas, lejos de acometer nuevos fichajes y ambiciosos proyectos, debieran ir organizando su ordenado cierre y su equitativa desaparición. No nos las podemos permitir y, aunque pudiéramos, ni esa es una función del Estado en sus administraciones regionales ni resulta deseable ningún estímulo disolvente de la convivencia nacional.
Cuando una Nación padece la desgracia de un conflicto armado entre sus ciudadanos, la tendencia que señalan los ejemplos de la Historia es la de alargar su memoria.
Cada bando guarda su afrenta y su dolor y nunca faltan razones para la efervescencia del recuerdo que avive la herida y la vuelva sangrante y rabiosa. Aquí y ahora, debiéramos compartir el esfuerzo superador de tan mala costumbre.
Las dos Españas no tienen sentido cuando el marco circundante, el europeo, nos invita a la unidad de acción y mercado y la realidad política presente se afana en la construcción de diecisiete feudos bien diferenciados y distantes. Necesitamos la elegancia del olvido, no una industria del recuerdo.

Patada al diccionario

«El juicio sesgado sobre las más de 40.000 biografías del magnífico “Diccionario Biográfico Español” nace de una sola de sus entradas —la referida a Franco—, que ha enfurecido a algunos pirómanos mentales que ignoran las demás entradas desde la manipulación de la realidad»
LAS Juventudes Socialistas están prohijando una campaña que responde al título, nada académico, de «Dale una patada al Diccionario», contra el monumental «Diccionario Biográfico Español» elaborado por la Real Academia de la Historia.
Exigen la retirada de los 25 volúmenes editados, la paralización editorial de los restantes 25 y la dimisión de Gonzalo Anes, director de la Academia y uno de nuestros más prestigiosos historiadores; un lujo.
En este desnortado asunto padecemos un disparate sobre otro.

En 1991 se publicó un antecedente del actual «Diccionario Biográfico Español» que ahora ha causado esta polémica artificial y bobalicona: el «Diccionario Biográfico» dirigido por Miguel Artola, reconocido historiador y miembro de la Real Academia de la Historia.
Este «Diccionario» fue financiado por el Ministerio de Cultura siendo ministro Jorge Semprún, y presidente del Gobierno Felipe González.
En la entrada, «Franco» no se dice que fuera «dictador» ni siquiera «autoritario».
No se produjo entonces ninguna polémica.
¿Por qué ahora sí?.
Está claro: el presidente Zapatero ha desbocado la llamada «memoria histórica» y cualquier despropósito se cobija bajo su bien subvencionada sombrilla.
La Real Academia de la Historia se fundó en 1738 por Real Cédula de Felipe V. Desde entonces, en sus cerca de trescientos años de rica trayectoria, nunca se había producido una polémica como esta. Al menos por ello el hecho no debe ser tomado a la ligera.
Recientemente la Comisión de Educación del Senado debatió una moción, defendida por el senador Joan Saura, dirigente de ICV y ex consejero de Maragall y de Montilla, en la que se pedía, en la senda de los cachorros del PSOE, la retirada del Diccionario, su paralización editorial y, además, que la Academia hiciese pública una rectificación por «manipular la Historia, ensalzar la valentía del caudillo y ocultar la represión del régimen franquista». Nada de eso es cierto en el sentido que se le quiere dar.
Es obvio que ni los jóvenes socialistas ni el defensor de la moción senatorial han leído el Diccionario.
Porque si conociesen la obra y no hablasen de oídas se trataría sencillamente de una burda manipulación para engañar a los incautos o desinformados.
Jorge Semprún, al que recientemente hemos perdido, que tenía buenos motivos para saberlo, denunció hace tres décadas en su «Autobiografía de Federico Sánchez» la memoria sesgada: «Te asombra una vez más cómo funciona la memoria de los comunistas. La desmemoria, mejor dicho. Te asombra una vez más comprobar qué selectiva es la memoria de los comunistas. Se acuerdan de ciertas cosas y otras las olvidan. Otras las expulsan de su memoria. La memoria comunista es, en realidad, una desmemoria, no consiste en recordar el pasado, sino en censurarlo. La memoria de los dirigentes comunistas funciona pragmáticamente, de acuerdo con los intereses y los objetivos políticos del momento. No es una memoria histórica, testimonial, es una memoria ideológica».
Joan Saura, defensor del alegato senatorial contra el «Diccionario», inició joven su vida política en el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC).
Por su trayectoria personal es seguro que el senador conoce, probablemente haya asumido y, por su moción, parece que sigue asumiendo, aquella consideración de la Historia que denunció Semprún, que consiste en que los hechos históricos no fueron como en realidad fueron sino como se desea que hubiesen sido. Según Semprún, lo que no responde a ese patrón se manipula, se censura, se denuncia y se persigue. Es la apuesta totalitaria.
Ya en el I Congreso del PSUC, celebrado en Francia en 1956, se aprobó «la política de reconciliación nacional».
Pero ya sabemos que el cielo está empedrado de buenas intenciones. La hermosa idea de la reconciliación supone respeto a las ideas ajenas y a la libertad de creación, y es una posición diametralmente opuesta a la manipulación de la verdad y de la opinión de los demás. «Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya guárdatela», que aconsejó don Antonio Machado.
Querer dar clases de Historia a los académicos de la Historia resulta al menos chocante. Pedir la desaparición de la Academia porque es «una institución vieja», como han hecho algunos radicales hueros, nos llevaría, por ejemplo, a derribar las murallas de Ávila, el acueducto de Segovia, la Alhambra de Granada, o a quemar los jugosos recuerdos del pícaro Guzmán de Alfarache.
La resurrección de un nuevo «Index Librorum Prohibitorum», creado en el siglo XVI por la Sagrada Congregación de la Inquisición, desde un canon distinto pero canon al fin, es una memez o algo peor. El juicio sesgado sobre las más de 40.000 biografías del magnífico «Diccionario Biográfico Español» nace de una sola de sus entradas —la referida a Franco—, que ha enfurecido a algunos pirómanos mentales que ignoran las demás entradas desde la manipulación de la realidad. El «Diccionario» es una obra sinfónica, no un solo de trompeta.
Por ejemplo, estos nuevos inquisidores silencian, porque no les conviene recordarlo o porque lo ignoran, que la biografía de Marcelino Camacho la firma José Balbino Mora, de la Fundación 1º de Mayo; que la de Nicolás Redondo Urbieta es obra de Rubén Vega, de la Fundación 1º de Mayo; que de la de Felipe González es autor el ex director de «El País» y reconocido amigo del ex presidente; que la de Buenaventura Durruti la firma el historiador anarco-sindicalista Diego Camacho Escámez; que la de Domingo Malagón Alea se debe a Victoria Ramos Bello, directora del Archivo Histórico del Partido Comunista de España; que la de Pablo Iglesias la firma Joan Serrallonga, autor del libro «Pablo Iglesias. Socialista, obrero y español»; que la de Tarradellas se debe a Josep María Bricall, consejero del primer Gobierno provisional de la Generalitat; y que Susanna Tavera, experta en anarquismo y autora de una monografía de Federica Montseny, firma su biografía... Y así podrían seguirse citando biografiados y biógrafos, pero solo podrían hacerlo quienes conozcan realmente el «Diccionario Biográfico Español» y no solo referencias ignorantes o intencionadas. O ambas cosas.
En el «Diccionario» escriben las biografías autores competentes en los biografiados. Por ello el autor de la entrada dedicada a Franco, que ha resultado polémica, es el reputado historiador Luis Suárez Fernández, al que se debe la obra «Franco y su tiempo».
Tal ocurre con las biografías de Marcelino Camacho, Nicolás Redondo Urbieta, Felipe González, Buenaventura Durruti, Domingo Malagón, Pablo Iglesias, Josep Tarradellas, Federica Montseny y tantos otros personajes. Pero ese conocimiento cercano, incluso esa afinidad entre biógrafos y biografiados, no ha causado ninguna inquietud ni ha movilizado ninguna patada al «Diccionario».
He escrito media docena de biografías para el «Diccionario» sobre personajes liberales del siglo XIX. Como conocedor del mecanismo seguido en su laboriosa confección considero injusta y desproporcionada la generalización de ataques de trazo grueso que está recibiendo. Lo que procede en justicia es felicitar a la Real Academia de la Historia y a Gonzalo Anes, su director, por la decisión de afrontar un enorme esfuerzo que se ha visto coronado por el éxito. Es una obra elogiada por los historiadores, que conocen su dificultad, y denostada en su conjunto y sin matices por quienes no asumen la Historia y solo se emplean en el ejercicio inútil de reescribirla a su gusto. Pero por las páginas de la Historia no se puede pasar impunemente una goma de borrar.
Amenazar con patadas para impedir el conocimiento de la Historia y fomentar su confusión es usar las extremidades y no la cabeza, que puede resultar propio de las cuadras o de los rifirrafes tabernarios, según los casos, pero no de supuestas iniciativas intelectuales. Y que se dé carta de naturaleza a tal despropósito desde las Juventudes Socialistas, organización juvenil de un partido responsable nada menos que del Gobierno del país, resulta frustrante y como mínimo produce tristeza.
Hay que leer más y huir de la manipulación y de la mentira. No se debe utilizar la Historia desde la frivolidad.
JUAN VAN-HALEN ES ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA HISTORIA.

miércoles, 13 de julio de 2011

Zapatero I el Infausto

LA HISTORIA apoda a los gobernantes con el rasgo más característico de su personalidad o de su mandato: Pedro I el Cruel, Alfonso X el Sabio, Felipe IV el Hermoso, y así sucesivamente.
¿Cómo pasará a la posteridad José Luis Rodríguez Zapatero, en el supuesto de que los historiadores del mañana no tengan la caridad de borrarle de nuestra memoria?.
Lo primero que me viene a la mente es el calificativo de Impotente, que descarto por dos razones. Por estar atribuido ya a Enrique IV de Castilla y por su connotación sexual. La impotencia de este presidente no se refiere a sus prestaciones íntimas, que me traen sin cuidado, sino a su probada incapacidad para resolver uno solo de los problemas que padece España.
De ahí mi segunda opción: Incapaz. Incapaz de atajar una crisis económica que nos retrotrae al pasado sombrío heredado de su correligionario Felipe González, de contener la hemorragia del paro, de adecuar los gastos a los ingresos, de mostrar algo de austeridad, aunque sea por vergüenza torera, de tener una idea útil, de preservar la cohesión nacional, de mantener nuestra posición internacional y proteger nuestros mercados, de darnos algo de esperanza. ¿Cómo va a crear confianza quien vive obsesionado con corregir el pasado a costa de reabrir sus heridas? El futuro, según Zapatero, se sitúa en 1976 o más bien en 1934. Allí es donde pretende llevarnos desde que llegó al poder.


¿Deberíamos otorgarle por ello el título de Perverso?.
Perversas son, sin lugar a dudas, las consecuencias de su empeño:
*.- Una crispación política y territorial descontrolada,
*.- agresiones verbales y físicas al discrepante en ámbitos tan sagrados como la Universidad,
*.- deslegitimación de la Justicia, encarnada en el Constitucional y el Supremo, propiciada desde la Generalitat de Cataluña y su presidente, José Montilla, por no mencionar a los sindicatos, artistas y demás colectivos abonados a la subvención oficial.
*.- El país abierto en canal, enfrentado nuevamente a garrotazos, como en el magistral cuadro de Goya, y al borde de la quiebra.
Un desastre sin paliativos.
Entonces me viene a la mente el adjetivo exacto: Infausto.
«Se aplica -dice el María Moliner- a lo que constituye una desgracia, va acompañado de desgracia o la anuncia o evoca. Aciago, desdichado, desgraciado, funesto, infortunado». Eso es exactamente lo que representa José Luis Rodríguez Zapatero en la historia de esta España que antes de él fue una nación indiscutida e indiscutible: Un paréntesis de infausto recuerdo. Una desgracia. El oportunismo del PSC deja sin aire a Zapatero...
ZAPATERO apareció ayer ante los ciudadanos como un presidente al borde de la asfixia política. Su imagen que hoy ilustra nuestra portada, captada en el Senado, es lo suficientemente explícita. De puertas afuera trató de minimizar la crisis que vive el país a todos los niveles y se limitó a señalar que ha percibido «una cierta sensación de conflictividad institucional», pero la tensión y el estrés se reflejaban en su rostro.
El oportunismo del PSC volvió a dejar ayer en evidencia al presidente del Gobierno. Y es que, un día después de que María Emilia Casas, presidenta del Tribunal Constitucional, denunciara la «intolerable campaña de desprestigio» que sufren pilares básicos del Estado, sólo un día después de que pidiera «respeto» para la institución y que apelara a la «concordia» como clave para la convivencia, el presidente de la Generalitat de Cataluña le respondía con un corte de mangas. Sólo así cabe interpretar el anuncio de Montilla de que presentará una resolución en el Parlamento autonómico, que luego trasladará a las Cortes, en la que exige al Alto Tribunal que se declare incompetente para resolver la sentencia sobre el Estatuto. Eso es tanto como pedirle que se haga el haraquiri -como si se tratara de las Cortes franquistas-, porque desde el mismo momento en que el Constitucional se inhibiera perdería su propia razón de ser.

El jaque mate que plantea Montilla al Constitucional de la mano de Artur Mas volvió a tener ayer una tibia respuesta por parte del Gobierno. Ya hemos dicho que Zapatero prefirió mirar hacia otro lado pese al grave conflicto institucional que vive el país y que explica que la presidenta del Constitucional haya tenido que salir al paso con una declaración insólita. En la misma línea que el presidente, el ministro Caamaño se limitó a decir que las fuerzas políticas «están en su derecho de realizar, por los cauces procedimentales establecidos, las peticiones que estimen pertinentes», como si aquí lo trascendente fueran las formas y no el desafío intolerable que socava uno de los cimientos de nuestra democracia.


En similares términos se expresó el portavoz de los socialistas en el Congreso, Alonso, que se limitó a añadir que los votantes del PSOE pueden confiar en que, si la declaración promovida por Montilla llega a la Cámara Baja, el Grupo Socialista se atendrá a la disciplina de voto. Pero el conflicto que vive el PSOE en su seno con el PSC, y que ha acabado contagiando al resto de la vida pública por las continuas cesiones al nacionalismo, no es una cuestión que pueda resolverse con la aritmética.


Zapatero -y con él, España- empieza a recoger los frutos amargos de las semillas que sembró. Apadrinó un Estatuto claramente ilegal que ha acabado abocando al Tribunal Constitucional a la peor crisis de su historia; consintió a Montilla que compitiera en nacionalismo con CiU y ERC y, lejos de apaciguar el soberanismo, asistimos a referendos sobre la independencia de Cataluña un día sí y otro también; jaleó una Ley de Memoria Histórica que igual sirve al asesino de Bultó para reivindicar el papel «propagandístico» de Terra Lliure, que Garzón lo utiliza de coartada para cuestionar la Ley de Amnistía y la Transición entera, con la peligrosísima derivada que ha tenido después, debido a la disparatada campaña contra el Tribunal Supremo, al que se acusa de franquista por haber imputado al juez por prevaricación.
El lío en el que el presidente ha metido al país coincide además con una profunda crisis económica, y lo peor es que Zapatero está demostrando que no tiene recetas para combatir ninguno de esos males.
El Mundo, 29 de Abril de 2010.